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El conflicto enferma, la sonrisa sana

¿Cómo nos relacionamos con el conflicto o quiebre?

Eric Erickson dijo: “El estado natural del Hombre es el conflicto”. En una primera lectura, cualquiera – ajeno a la teoría psicosocial – podría pensar que no es posible que alguien resista una realidad semejante por mucho tiempo. Sin embargo, si nos detenemos un poco y revisamos nuestra forma de actuar en transparencia, es decir en automático, encontraremos muchas oportunidades en las cuales – al revisarlas a la distancia – pareciera que anduviéramos buscando el conflicto o a lo menos, como que no podemos vivir sin él. Y en esto, me refiero a situaciones tan cotidianas como: un chofer nos lanza el bus en una encerrona, y “nos deja” todo el día rabiando. O al cabo de media hora de espera en la consulta médica, atienden primero a la señora que recién llegó, o cuando nos dan un empujón en el metro, o cuando nos hablan en un “tono” que no nos agrada, etc. Y también cuando los hechos son más críticos o incluso traumáticos como un terremoto grado 8,8 donde nuestras reacciones pueden ser más drásticas.

Todas estas reacciones sin embargo, se activan con un mecanismo similar, y apenas ocurren nos hacen subir o nos dispara esa sustancia que llamamos Adrenalina y probablemente otras más también; y a partir de ahí, comienza la fiesta del ego y de sus amigos los juicios. Yo sé que a ustedes no les ha pasado nunca esto, sucede en otras latitudes, no acá – diría algún humorista – sin embargo, en ocasiones no es nada de gracioso. A mediados de Abril pasado me tocó conocer a un joven profesional que a consecuencias del terremoto y al miedo que este le generó, un mes después, él aun dormía vestido.

sonrisa

¿Cómo podemos manejarlo?

En mi opinión, lo primero es parar, detenerse por un instante, regalarse una pausa, tomar conciencia y reflexionar sobre la capacidad de autocontrol que tenemos sobre “nuestra manera de reaccionar” que en el fondo no es otra cosa que la respuesta emotiva y automática, que impulsa el juicio que se tiene sobre dicho conflicto, quiebre o hecho adverso. En tal sentido, podríamos apelar a la sabiduría materna que seguramente oímos tantas veces y que tan pocas practicamos después: “hijo, cuenta hasta diez…”. Y que desde la academia fue traducida por Stephen Covey en su famoso principio del 90/10, donde este gurú del comportamiento efectivo nos enseña que sólo el 10% en la vida tiene que ver con lo que nos pasa, o sea, con los hechos y circunstancias; y que el otro 90% en nuestra vida tiene que ver con la forma como reaccionamos frente a lo que nos pasa. Dicho de otro modo, en el 10% no tenemos control, lo que ocurrió tiene que ver con lo fáctico, con lo que ya pasó y sobre eso no tenemos forma de actuar, ni de controlar ni menos de evitar, simplemente nos sucedió; siendo una necedad y una lamentable pérdida de tiempo y de energía, el intentar cambiar el pasado. Ahora, sobre el 90% restante, la cuestión es muy diferente, porque ahí sí tenemos la opción, la posibilidad de decidir cómo vamos a reaccionar y qué respuesta vamos dar.

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Frente a la adversidad, démonos explicaciones positivas

Edgar Tolle lo dijo magistralmente en su definición de entrega interior: “La entrega interior (o aceptación) es la simple y profunda sabiduría de ceder más que de oponerse al fluir de los hechos de la vida”. La enseñanza que nos quiere dejar es aceptar lo que pasó aquí y ahora, porque tomar el camino de la resistencia a lo que ya ocurrió es inútil e insensato. Y esto no quiere decir que si sufro un desperfecto en mi auto entonces solo debo resignarme a las circunstancias y no hacer nada para cambiar las cosas. Por cierto que no, muy por el contrario, la aceptación interior no es inacción en el exterior. De lo que se trata, es comprender que maldecir, enojarse, culparse o culpar a otros no ayudará en nada; por el contrario, eso pone más piedras en el camino. Es la aceptación de lo ocurrido sin juzgar lo que permitirá seguir adelante, buscando darle una connotación positiva capaz de romper esa brecha emocional que seguramente nos conducirá a la angustia, a la frustración o a la rabia si no la disolvemos.

En mi opinión, finalmente, es una cuestión de sentido

El 10 de Marzo pasado me cursaron una infracción de tránsito empadronada por estacionar en lugar no autorizado, en la comuna de Huechuraba al norte de Santiago, y obviamente mi primera reacción en automático fue escuchar las bravatas de mi ego maltrecho que decía: “pero si no había señalización, si esto y lo otro,…”, o sea, una rabia enorme. Estaba en “esa reacción” cuando me recordé de todo lo anterior y respiré profundo tres veces – esto créanme es clave para los efectos de “parar” – y me dije: Mira, ¿de qué manera le puedes dar a esto una connotación positiva? – porque la infracción ya te la cursaron y lo único que no puedes hacer es seguir lamentándote. Ya más consciente y relajado, decidí darle sentido a esa situación. Cuando fui a pagar la multa le dije a la cajera municipal: “Hola, buenos días, hoy es un día especial para mí, ¿sabe por qué? porque por primera vez en mi vida vengo a hacer un aporte a esta comuna que lo necesita, y estoy contento por eso”.

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Para mí, ver la sonrisa sanadora de esa sorprendida funcionaria, vale tanto más que cualquier infracción de tránsito. 

Fernando Pastene B.

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