Si se eliminaran de nuestra sociedad el cigarro, el alcohol y las drogas “recreativas”, los hospitales estarían casi vacíos. Un gran porcentaje de pacientes que son admitidos en los hospitales por alguna enfermedad pueden encontrar el origen de ella, o al menos las condiciones que la agravaron, en el cigarro, el alcohol o en el uso de drogas “recreativas” como la mariguana o más fuertes y, algunas veces, en la combinación de todo esto. Habla­ré brevemente acerca del peligro que estos vicios representan para la salud. Sin embargo, estamos conscientes de que el cigarro, el alcohol y las drogas reciben muy poca atención en nuestra so­ciedad Las advertencias. las buenas intenciones y hasta las cam­pañas de concientización no sirven de mucho en este caso. Entonces. La pregunta importante es: ¿Qué es lo que realmente e necesita para detener estos abusos que obviamente amena­zan la salud?

El cigarro. Más de 70 millones de norteamericanos fuman, y la razón por a que lo hacen es que están habituados; aunque muchos médicos dirían que se han vuelto adictos a la nicotina La nicotina es un veneno al que el organismo se puede acos­tumbrar así como se acostumbra al alcohol. Una vez que el cuer­po se sobrepone a la aversión inicial, los efectos placenteros de fumar apoyan el hábito. Estos placeres se encuentran sobre todo en la mente, pues el fumador ve en el cigarro un estimulante o un relajante, dependiendo de lo que necesite subjetivamente.

Fumar es, indudablemente, un colaborador de importancia para nuestros dos principales asesinos: las enfermedades car­diacas y el cáncer. Las enfermedades de las coronarias son 50 veces más comunes entre fumadores. La gente que fuma un paquete de cigarrillos al día tiene ocho veces más probabilida­des de desarrollar cáncer en el pulmón que la que no fuma. Estas probabilidades aumentan a 18 veces más si se fuma de una a dos cajetillas al día, y a 21 veces más si la persona fuma más de dos cajetillas al día. El índice actual de mortalidad para fumadores, al compararlo con el de los que no fuman, es 70% mayor en las enfermedades de las coronarias; 500% mayor en las de bronquitis y cáncer, y 1000% ma­yor en el caso del cáncer en el pulmón. Los fumadores tienen muchas más probabilidades de desarrollar otras enfermedades, por ejemplo; enfisema, úlceras, cáncer en la boca, en el esó­fago, en el estómago y en la vejiga. Los llamados cigarros ba­jos en nicotina a menudo contienen más cantidad de otras to­xinas, y por lo general, incitan a los fumadores a consumir más cajetillas al día. Sin duda, fumar es una enfermedad y justifica la atención mé­dica inmediata. Para ayudar a la gente a que deje el cigarro han sido puestos al alcance del público todo tipo de programas, y la mayoría pueden ser efectivos. Los programas de grupo, pa­trocinados por la Sociedad Americana del Cáncer y por varios hospitales, han tenido un éxito notable. Esos grupos ofrecen el apoyo moral de otros fumadores que están tratando de dejar el cigarro, y esto es una gran ayuda cuando alguien está su­friendo los síntomas reales y a veces prolongados de la adic­ción a la nicotina. Algunos estudios han demostrado que ningún método por sí solo es la respuesta. Aquellas personas que han logrado dejar de fumar, generalmente lo intentan varias veces y usan varios métodos antes de liberarse totalmente del vicio. Yo creo que el hecho de fumar se acaba con una sola “mu­tación” en el cerebro, generada por el pensamiento: “ya no tengo deseos de fumar”. Con esta visión viene la siguiente com­prensión espontánea: “Puedo dejar de fumar, es fácil para mí.” En otras palabras, no es el tratamiento realmente lo que no fun­ciona, sino la actitud recién adquirida de que, antes que nada, el problema ya no existe. Cuando a este discernimiento se le per­mite entrar en la mente, cualquier tratamiento será efectivo, in­cluyendo simplemente el dejar de fumar. Al promover la idea de que dejar de fumar es difícil y al res­paldaría con descripciones detalladas de los síntomas físicos de la adicción a la nicotina, en realidad, los médicos hacen que sea más difícil para la gente dejar el cigarro. Están fomentando una actitud errónea y una visión equivocada de la realidad, que además se arraigan en la mente de los pacientes. Esto ayuda a comprender, en mi opinión, por qué la gente continúa ha­ciéndose daño al continuar fumando, a pesar de estar consciente del peligro que corre. La disposición a dejar el cigarro viene cuan­do la idea del peligro no se encuentra presente.

Alcohol. Ya nadie contradice que el alcoholismo es una en­fermedad. Los alcohólicos están sujetos a un índice de mortali­dad bastante mayor de lo normal (y es aún más alto si también son fumadores). La gente que bebe con exceso tiene un índice de mortalidad tres veces mayor que la que no bebe. Su muerte es causada, generalmente, por enfermedades del sistema digesti­vo, suicidio, accidentes automovilísticos y desnutrición. También ocurre con frecuencia la destrucción del músculo cardiaco, del te­jido cerebral, del hígado, del páncreas y del estómago.

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Sin embargo, cuando se trata de beber ocasionalmente, la sociedad y los círculos médicos, tienden a mostrar una actitud diferente. Algunos médicos han llegado hasta el hecho de su­gerir que pequeñas cantidades de alcohol pueden tener efectos benéficos. Con esto generalmente quieren decir que una copa (un vaso de vino, por ejemplo) baja la presión arterial y libera de inhibiciones y preocupaciones. Es interesante notar que en una encuesta en que se le preguntó a la gente cuál era la canti­dad que consideraba como un consumo excesivo de alcohol, la definición de “excesivo” era la cantidad que excedía el pro­pio consumo de la persona a la que se le preguntaba.

Opino que el alcohol es una toxina; deteriora la percepción clara y la coordinación motora; tiene efectos nocivos en el co­razón, el hígado y el cerebro, los cuales parecen ser irreversi­bles. Contribuye a muertes sin sentido causadas por accidentes automovilísticos, que suman hasta 25 mil víctimas al año. Algo así de dañino, aun en pequeñas dosis, no pertenece a una legí­tima parte de la salud perfecta; por lo tanto, recomiendo abste­nerse totalmente del consumo del alcohol. ¿Qué es lo que causa adicción al alcohol, en primer lugar? Algunas personas pueden estar predispuestas al alcoholismo, ya sea por herencia o debi­do a la manera en que los educaron. Algunos gemelos idénti­cos, que fueron separados en su infancia y criados aparte, al crecer han demostrado un desarrollo similar en sus hábitos pa­ra beber, y si uno se vuelve alcohólico, el otro tiende a serlo al mismo tiempo. Otras personas son llevadas hacia el alcoho­lismo de una manera lenta pero segura, empezando con algu­nas copas ocasionales en su adolescencia. Yo creo que es importante notar que tanto fumar como beber, para la mayoría de la gente tiene su origen en la adolescencia, en una época en que el yo está confundido y aún no está formado. Esto ayu­da a que dichos hábitos se arraiguen en un nivel profundo de la personalidad y hace más difícil que los patrones saludables del pensamiento adulto desplacen a los que ya están establecidos en la mente. Como en el fumar, el tratamiento para el al­coholismo requiere solamente un cambio de actitud, pero muy profundo. Los programas de grupo que han tenido éxito, como el de Alcohólicos Anónimos, ofrecen ayuda para que se efectúe este cambio interno, sin el cual ningún cambio es realmente posible.

Drogos “recreativos”. Este término incluye vagamente las diferentes sustancias que la gente ingiere para intensificar, distorsionar o de otra manera afectar la percepción. Al principio la persona recurre al uso de tales drogas porque la experiencia que éstas le producen es placentera. En nuestra sociedad. la serie de placeres puede derivarse de muchas fuentes principalmente del alcohol. de los opiáceos (morfina, codeína, heroína). de la marihuana de la cocaína y de varios alucinógenos, como la mezcalina y el LSD. Se puede enumerar una gran lista de sus­tancias que alteran la química del cerebro y. en consecuencia. se puede decir que afectan la mente. La gente que se opone al consumo de café, té, y hasta de azúcar puede, con cierta ra­zón clasificarlos como drogas. En la última década, los científicos se sorprendieron al des­cubrir que el cerebro humano era capaz de sintetizar sustancias químicas muy similares a los opiáceos. A estas sustancias las llamaron endorfinas, de la raíz end que significa dentro del cuer­po, y orfin, que tiene la misma raíz que la palabra morfina. Estos opiáceos endógenos son los analgésicos producidos por el propio organismo y, de hecho, demostraron ser mucho más po­derosos que los que se compran en las farmacias. Investigaciones recientes han demostrado también que el cerebro posee células receptoras muy particulares para recibir estas endorfinas. Un opiáceo que podemos recibir del exterior (llamado “opiáceo exógeno”) ejerce su efecto analgésico en el cerebro al unir­se a estos mismos receptores. Por el hecho de que dichos receptores han sido capaces de evolucionar por todos los me­dios, deben tener algún uso; los opiáceos internos y externos parecen tener la misma función, ya que encajan en los mismos receptores. El cerebro puede ser afectado también por las drogas que se mencionaron primero, incluyendo alucinógenos muy podero­sos que alteran la mente. Asimismo se supone que deben exis­tir receptores en el cerebro para estas drogas o para sus análogos (equivalentes químicos). En otras palabras, seguramente tene­mos la capacidad de sintetizar dichas drogas dentro de noso­tros, por lo menos hasta cierto punto. De otra manera, ¿por qué elaboramos los receptores y los entrelazamos? Esta conclusión ofrece la clave a la incomprensible pregunta de por qué la gen­te ha buscado y experimentado con drogas que alteran la men­te desde tiempos inmemoriales. Tal vez el organismo humano esté diseñado para experimentar un campo de conciencia más amplio de lo que suponemos. Las drogas que alteran la mente aparentemente funcionan porque nuestro sistema interno de receptores y análogos ya está dispo­nible. Lo que no está muy claro ahora es qué condición natural y saludable de la mente y del cuerpo produciría estados altera­dos como parte normal de la vida. Puede ser que cuando nuestra dotación de estos estados no se satisface normalmente, tende­mos a llenar el hueco con análogos externos.

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Sin embargo, los análogos farmacéuticos, al no haber sido diseñados para nosotros naturalmente por la sabiduría mata de nuestro cuerpo, tienen toxicidad. El aumento reciente del uso de estas drogas ha sacado a relucir el hecho de que casi todas ellas son tóxicas. Por ejemplo, se había pensado hasta hace poco que la marihuana era relativamente inocua, pero aho­ra se ha demostrado que afecta el sistema inmunológico desfa­vorablemente. El principal ingrediente activo de la marihuana (THC)se localiza, muy concentrado, en el bazo, entre otros lu­gares. El bazo es un lugar importante para la fabricación de los linfocitos T, que forman una sección especializada del sistema inmunológico y realizan acciones muy significativas para com­batir el cáncer, así como diferentes infecciones. Los linfocitos T en los organismos de fumadores asiduos a la marihuana combaten la enfermedad a un nivel menor de lo normal. No sólo es menor la cantidad de linfocitos T presentes, sino que también se hacen más lentos e inactivos y se dividen cuando se encuentran frente a la fuerza enemiga; a saber, una infección potencial. La información sobre el deterioro del sistema inmunológico debido al uso habitual de la mariguana no ha recibido la publi­cidad que se merece. En un descubrimiento significativo, rea­lizado en la Universidad de Columbia, se constató que los anticuerpos producidos por los fumadores de marihuana dismi­nuyeron drásticamente en un mes de uso excesivo de la droga. Sin embargo, cuando dejaron de fumar completamente, los anticuerpos regresaron a los niveles normales de manera muy lenta y cinco semanas más tarde todavía existían señales de disminución. A pesar de que esta inmunotoxicidad (daño al sistema inmunológico) que se encontró es más impresionante en el caso de la marihuana, aparentemente es producida tam­bién por la adicción a otras drogas. A menos que la actitud hacia la drogadicción cambie de una manera relevante, nos enfrentamos a la perspectiva de que un gran número de perso­nas que usa drogas “recreativas” se vuelva muy susceptibles a las enfermedades.

Estas drogas son dañinas también porque alteran la mente al actuar en forma directa sobre el tejido cerebral. Simplemente con la observación diaria podemos ver que la euforia causada por las drogas cambia con el tiempo a algo completamente di­ferente. Los drogadictos de todo tipo no sólo tienden a la adic­ción sino que requieren dosis cada vez mayores para satisfacer sus necesidades, además, se produce un cambio en el efecto real de la droga sobre el cerebro. Las sensaciones placenteras encaminan al letargo, a la introversión, a la depresión, al abu­rrimiento y a otros estados psicológicamente perjudiciales. A veces los médicos se refieren a estas situaciones como “estados subyacentes de la mente”, pero es igual de probable que el uso continuo ya haya alterado, de hecho, la estructura del tejido cerebral. Los centros cerebrales responsables de las emociones y los ritmos biológicos son estimulados por medio de muchas drogas “recreativas” y existe la prueba de que este estímulo ar­tificial conduce a cierto tipo de agotamiento o desgaste con las tristes consecuencias que todos observamos en nuestra sociedad.

No necesito insistir en el punto de que la ingestión de drogas causa un gran daño a los jóvenes, haciendo aún más difícil y hasta dolorosa, la transición a la etapa adulta. Obviamente tam­bién las drogas contribuyen en forma directa al crimen, los acci­dentes, el suicidio y el asesinato. Lograr un incremento natural y benéfico de la conciencia puede ser un gran paso hacia ade­lante en el desarrollo personal, como veremos después. Las dro­gas pueden imitar tal estado por un momento, pero en realidad son los enemigos del mismo.

El fumar, el beber y el abuso de las drogas existen porque satisfacen una necesidad natural que se ha vuelto ansia. Para resolver los problemas que estos vicios crean, debemos obser­var, una vez más, la mente humana. ¿Por qué algunas perso­nas ansían estímulos que alteran la mente? ¿Podemos susti­tuirlos con otros estímulos (aquellos que no necesitan de un agente externo), que serían realmente útiles para llevar una existencia perfectamente saludable? Mi respuesta es, definitiva­mente, sí. Existen técnicas mentales que engrandecen la vida y el hecho de practicarlas es más placentero que el consumo de alcohol, nicotina y otras drogas tóxicas. Analizaremos estas técnicas en la segunda parte del libro.

Por Dr. Deepak Chopra

Foto por qtschlepper

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