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Cuando se habla de “El Sentido de la Vida”, se refiere a la dirección que tiene, a la razón de ser o la finalidad, a la orientación lógica que discurre de acuerdo con la naturaleza de nuestra conducta y nuestros principios, a lo que es de conformidad con nuestra esencia, a nuestra verdad encaminada en la dirección en que podamos encontrarnos con nosotros mismos

En mi opinión, raramente nos paramos a ver nuestra vida fuera del ajetreo diario, de la rutina de todos los días, de lo que damos por supuesto y lo que creemos, pero sin cuestionarnos acerca de si es una creencia obsoleta que nos resulta inútil y perjudicial.
Tiene que suceder una tragedia en nuestra vida, o en la de alguien muy allegado, para que nos replanteemos qué está pasando con nuestra vida, qué estamos o qué no estamos haciendo, hacia dónde vamos –si es que vamos hacia alguna parte…-, qué sentido tiene vivir y tiene nuestra vida o qué sentido le estamos o no le estamos dando.
Es necesario que un encuentro con una vivencia dura, cruel, o dolorosa, se interponga en nuestro camino para que nos detengamos alertados.
Y a veces es muy poco tiempo el que nos paramos a hacernos la pregunta conveniente, tan poco tiempo que no le es posible llegar a la respuesta, y nos ponemos nuevamente en marcha hacia un objetivo desconocido y sin rumbo antes de que llegue la aclaración que nos podría orientar.
Las prisas, el ajetreo, la llamada angustiosa de la rutina que nos reclama, lo urgente que mata a lo importante… muchas personas viven una vida sin dirección ni sentido y luego se quejan por ello.
Nos llega una crisis (Crisis: oportunidad de cambio) y en vez de aprovecharla, de introducirnos en ella completamente, de escuchar nuestra angustia y el desconcierto de nuestra alma y la reclamación de nuestro destino, lo que hacemos es buscar el antidepresivo que nos aleje de la oportunidad.
En lugar de reflexionar con atención, de escucharnos, sucumbimos a la tentación de buscar cualquier distracción que nos garantice una satisfacción inmediata desoyendo la voz interna que es nuestra voz auténtica.

Caminando

PhotoGranary / Pixabay

En vez de pasar revista y comprobar cómo están los aspectos esenciales de nuestra vida, y ante el temor a que todo o mucho sea negativo, salimos huyendo asustados.
No nos atrevemos a verificar si estamos viviendo como nos gustaría vivir, si le damos preponderancia a las cosas que son realmente importantes, si estamos haciendo lo necesario para que se cumplan nuestros sueños y aspiraciones, si nuestras prioridades realmente ocupan un lugar prioritario, si vivimos nuestro propio plan de vida o seguimos el guión de vida que otros han escrito por y para nosotros, o si de verdad hacemos todo lo que es necesario para satisfacer nuestros deseos.
No actualizamos el sentido de nuestra vida, que se ha podido quedar obsoleto y corresponder a otra época que no es la actual.
No activamos nuestros recursos para hacer lo que es adecuado y necesario para el sentido que le queremos dar, no hacemos lo necesario para procurarnos felicidad o plenitud, no escuchamos atentamente las voces de nuestro corazón y nuestra sabiduría interior.
No le damos SENTIDO a la VIDA. A NUESTRA VIDA.
Darle sentido a la vida es darle un valor trascendente, encaminarla hacia algo que está más allá de nosotros –por ejemplo, el Ser Esencial o el Uno Mismo-, dar los pasos que nos marca nuestra conciencia, reencontrarnos con nosotros mismos, y buscar la paz y la satisfacción con el modo en que hacemos las cosas y vivimos.
Es demasiado importante y le damos poca importancia.
Es vital –nunca mejor dicho- y no le dedicamos la atención preferente que requiere y merece.
Así son muchas personas.
¿Tú eres así?
Y en caso afirmativo… ¿Vas a hacer algo para REDEFINIR EL SENTIDO DE TU VIDA?

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

“Oír o leer sin reflexionar es una tarea inútil”. (Confucio)


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