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En el capítulo 32 de Génesis, hay un relato de la vida de Jacob. Jacob fue el personaje bíblico que engañó a su hermano, Esaú, y a su padre, Isaac. El engaño resultó en que Jacob recibió el derecho de primogenitura como cabeza de familia y la bendición de Isaac, los que debieron ser conferidos al primogénito, Esaú. Aunque Jacob fue oficialmente cabeza de familia, él temía la ira de su hermano y huyó a otra tierra.

Años más tarde Jacob y su familia regresaron a su hogar, y se enteraron de que Esaú venía a “saludarlos” con 400 hombres. Sobra decir que esto causó gran temor en Jacob, y mientras su familia acampaba en el vado de Jaboc, Jacob cruzó el río solo y luchó con un hombre hasta el amanecer. Cuando el hombre (algunos creen que el “hombre” es Jacob, quien luchaba consigo y con sus sentimientos de culpabilidad) trató de huir, Jacob dijo: “No te dejaré, si no me bendices” (Génesis 32:26).

Este versículo famoso de la Biblia es el tema de hoy. Hay una bendición en cada una de las circunstancias de la vida. La experimentamos primeramente cuando rehusamos evitar el problema o los sentimientos que lo acompañan. La tendencia humana es querer evitar los problemas y el dolor mental o emocional, mas la vida espiritual requiere integridad personal y una disposición para experimentar la vida a plenitud.

Durante este día, cuando ocurra un pensamiento de una circunstancia negativa, una sensación de descontento, o un suceso retador, recuerda hacer una pausa y declarar silenciosamente: “No te dejaré, si no me bendices”.

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