“El éxito no es un lugar. Y digo esto porque la mayoría de la gente actúa como si pensase que el éxito posee, en efecto, una geografía. Que responde a medidas de latitud y de longitud, que es un espacio que se ocupa, una meseta a la que se asciende.

En realidad, el éxito y el fracaso no son sino unidades de medida de la mirada de los otros. Sustancia intangible, volátil, relativa, eminentemente fugitiva. Miramos a los demás y proyectamos sobre ellos ese paisaje imaginario: la península del triunfo, la hondonada de la derrota. Miramos a los demás y vemos en ellos cualidades y defectos que a nosotros se nos escapan. Sobre todo, cualidades, porque el deseo es siempre huidizo. El éxito es un espejismo que corre delante de nosotros, como el horizonte. Y tal vez el fracaso sea un espejismo que corre detrás de nosotros, como nuestra sombra.

Hay personas tan obsesionadas con ese lugar imposible que es el triunfo y tan aterradas por la amenaza de la derrota, que se plantean toda su vida como una estrategia de ataque, como un despliegue militar a la conquista de un territorio hostil.

Sacrificio, ésa es la palabra que suelen emplear. Y así se les va pasando la vida. Son como la lechera de la fábula, sólo que, en vez de verter el final el cuenco de leche, van vertiendo, tirando, su propia existencia. Porque siempre parecen vivir en un tiempo equivocado. Es en el futuro, siempre en el futuro, donde estará la vida. Y el presente (que es lo único que tenemos, lo que nos hace y nos deshace, el entramado de los días) se va quemando inútilmente, ignorado, desdeñado, sacrificado a ese dios intratable del triunfo. Una auténtica pena, un desperdicio.

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Porque el éxito no es un lugar, nunca se llega. Y no es sólo que somos hijos del azar y que nos puede suceder cualquier calamidad en el camino. No, no es sólo la desgracia: es que incluso si el ambicioso cumple todas sus ambiciones no se calma la herida. Lo sé, es así, conozco a muchos. Cuando aquel que siempre quiso ser lo logra, se siente vacío. Y con razón: ha pagado un precio exorbitante (la vida entera) por un lugar que no es un lugar. Por un tesoro que ahora brilla muy poco. Desgraciado aquel que logra sus sueños.

Por eso estoy segura de que la única manera sensata de vivir es ir viviendo. Hacer aquello que creemos que debemos hacer en este momento. Aquello que nos interese hoy, que nos madure, que nos venga bien, que nos haga felices. Personalmente he tenido la suerte (tal vez por ser mujer, por generación, por temperamento) de no empeñarse nunca en grandes metas. He ido viviendo al día, y hasta ahora ha sido intenso. Pero sé que la sociedad es cada vez más competitiva, y más abrumadora la presión del éxito vacío y del fracaso negro.

Quiero decir que la presión del entorno existe, y el veneno del triunfo y la derrota. Pero siempre puedes detenerte y salir de la carrera contra ti mismo. Porque no hay otra vida que la que estás viviendo”.

Autora: Rosa Montero:

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