Todo aquel al que conozco es mi maestro

He descubierto que ésta es una verdad absoluta.

Tengo algo que aprender de cada persona que conozco.

¿Puedes señalar a una sola persona que conozcas de la que no tengas nada que aprender?

En mis relaciones con los demás este punto de vista básico es liberador. ¡Tengo algo que aprender de cada encuentro con otra persona!

Con esta actitud, cada encuentro se vuelve más apasionante, gratificante y placentero para ambos.

Haz la prueba de leer de vez en cuando, en voz baja, este pensamiento:

Tengo algo que aprender de cada encuentro con otra persona.

Un pensamiento fascinante

Imagina que ningún encuentro es casual. ¡Imagina que todo aquel al que encuentras es enviado con un propósito!

La primera vez que me topé con esta idea mi reacción fue de duda.

“Imposible”, pensé.  “¿Quién podría concertar todos esos encuentros?”.

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Pero gradualmente comencé a poner a prueba esa idea y, de una manera notable y tangible, se me volvió más gratificante empezar a andar por la vida con ese pensamiento.

Una gran cantidad de encuentros, tanto con conocidos como con extraños, se tornaron más fascinantes para mí.  ¡A veces casi embriagadores!  No puedo  decir que lo pienso permanentemente, pero:

Sólo imagina que todo aquel al que encuentras es enviado con un propósito.

Comienzo a pensar y a creer que es así. La vida se hace más divertida y cobra sentido con ese pensamiento.

Si miras hacia el pasado, verás que cada persona que conociste  – todas y cada una de ellas –  ha contribuido con lo suyo para que te hayas convertido exactamente en quien eres hoy.  Nadie ha tenido tanta importancia en tu vida como aquellos con los que te encontraste de distintas maneras.  Sólo ellos y nadie más.

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¿Por qué no intentas pensarlo?  Tómalo con calma.  Vive con ese pensamiento por un rato.

Sólo imagina… Todo aquel al que encuentro es enviado con un propósito.

Lee con cuidado:

Puedo aprender de los demás y voy a hacerlo.

Todos han sido enviados a mí para que practique.

KAY POLLAK

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