Conectando el corazón

Bárbara Rother

Muchos de ustedes conocen la historia de cómo aprendí a tocar el piano. Para los que no lo saben se la contaré ahora.

Hace un par de años tuve una experiencia cercana a la muerte (ECM). Cuando los doctores le dijeron a Steve que no había mucha esperanza, compartimos una conversación profunda. Recuerdo que lo miré desde la cama con mucho pesar y le dije que nunca llegaría a tener la oportunidad de cumplir mi sueño de toda la vida de aprender a tocar piano. Siempre dije que aunque tuviera ochenta años aprendería a tocarlo.

Steve y yo hicimos un acuerdo. Me prometió que si yo mejoraba y vivía él, de alguna forma, me conseguiría mi piano. Esa promesa, junto con su amor y apoyo, el de mi familia y el de todos aquellos que me enviaron buenos deseos y oraciones, se unieron a mi deseo de volver a la vida empoderándome de una forma nueva. Steve y mi familia me regalaron un bello piano de cola pequeño. Mi sueño se hizo realidad. Me siento a tocar el piano todos los días, aunque sea por un breve momento. Estoy tomando lecciones y aprendiendo a leer y crear música. Admiro a la gente como Steve y a nuestro hijo Austin, quien toca de oído, creando la música que nace del interior. Pero para mí es importante aprender las bases de la música. Ello me hace sonreír y me brinda felicidad todos los días.

musica

Toda mi vida, desde que era niña, quise tocar el piano. Tenía una amiga de la infancia que se quejaba porque en medio de nuestros juegos su madre la llamaba para que fuera a practicar o a tomar su lección de piano. En ese tiempo añoraba ocupar su lugar para poder estudiar música con ese magnífico instrumento. Comprendía que mis padres no podían darme ese lujo. Mi abuela tenía un órgano antiguo en su casa. Cada vez que la visitaba jugaba con el órgano y deseaba en realidad saber cómo tocar las notas de alguna canción. Cuando falleció me lo dejó porque sabía cuál era mi mayor deseo. Ahora descansa orgulloso en un rincón de mi sala trayéndome esos recuerdos maravillosos.

Ayer, mientras practicaba una nueva pieza musical, me sentía frustrada cada vez que tocaba una nota equivocada. Me enojé conmigo misma por equivocarme. Me di cuenta entonces de que estaba pensando demasiado en las notas en vez de centrarme en mi corazón y permitir que la música fluyera a través de mí. Fue entonces cuando comprendí que la música es como la vida. Si nuestros pensamientos respecto a cómo deberíamos vivir la vida son rígidos en vez de fluir con ella, nos estamos impidiendo gozar de una experiencia maravillosa todos los días. Sí, cometeremos errores a lo largo del camino pero yo elijo llamarlos aprendizajes. Lo mismo sucede con la música. Cada vez que tocas una nota disonante, sigues tratando hasta que sientes que lo has logrado. Nuestros pensamientos son un obstáculo. Hablamos de esto cuando animamos a las personas a conectarse con sus capacidades de canalización. Con frecuencia nos llegan las palabras perfectas pero en vez de compartirlas con otros desde el corazón, nuestra mente se interpone en el camino y pensamos: “No puedo decir eso. Creerán que soy tonto”. Tememos parecer tontos. Tocando el piano he aprendido que si sigo tocando incluso con errores, nadie nota realmente que me equivoqué. Cuando me detengo y menciono mi equivocación estoy enfocándome en ella en vez de seguir tocando de la mejor forma posible. También me recuerdo a mí misma lo mucho que he progresado en mi destreza. Es importante enfocarnos en lo lejos que hemos llegado en la vida en vez de pensar qué tanto nos falta para sentirnos competentes.

La vida es como la música. Es importante tener un plan de vida que hemos de desarrollar, igual que cuando toco el piano. Tengo una pieza musical que planeo tocar para que se convierta en una canción. Cuando te relajas y disfrutas del viaje, cada etapa puede ser una experiencia encantadora de aprendizaje. ¿Seré alguna vez una pianista profesional? Lo dudo. Hay demasiadas áreas en las que quiero enfocarme como para dedicarle todo mi tiempo al piano. Pero sé que haré lo mejor posible y lucharé por ser mejor mientras disfruto el proceso. Más que nada toco el piano para mi disfrute personal. Si alguien me escucha y le gusta, también me causa placer.

Animo a todo aquel que venga a nuestro hogar a que se siente a tocar el órgano antiguo o mi piano. La mayoría vacila y dice que no sabe tocar. Pero si reunieran el valor suficiente como para tocar unas pocas notas, descubrirían el deleite de la música. Toquen muchas notas disonantes a lo largo del camino y sepan que cuanto más practiquen y sigan adelante con determinación y alegría, más realizados se sentirán en cualquier área de su vida.

Con amor y luz,

Bárbara Rother

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Junio de 2014

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