Cada religión tiene un día particularmente reservado al culto: para los cristianos es el domingo; para los judíos, el sábado; para los musulmanes, el viernes… Pero, a los ojos del Creador del cielo y la tierra, todos los días son sagrados. El viernes, el sábado, el domingo, pero también el lunes, el martes, etc., están para santificar su Nombre y hacer el bien. Si no, todo ello carece de sentido. ¡Durante seis días transgrediríamos tranquilamente las leyes, y el séptimo iríamos a la iglesia, a la mezquita o a la sinagoga para tratar de borrar las faltas cometidas durante los otros seis días! El que ha vivido seis días en la inconsciencia y la trivialidad, ¿en qué estado se presentará ante el Señor? ¿Acaso va a apreciar Dios esta hipocresía? Pero, sobre todo, semejante actitud no va a aportarle nada.

No hay que hacerse ilusiones: no sólo no basta un día por semana para progresar en el camino de la sabiduría, del amor, de la pureza… sino que, lo que vivamos el séptimo día, va a depender de la forma en la que hayamos vivido los otros seis. Es pues cada día, durante toda la jornada y toda la noche, que debemos hacer esfuerzos para estar en la iglesia de Dios, y la iglesia de Dios, es toda la creación.

No hay nada más importante que acoger con gratitud cada nueva jornada que empieza y tomar la resolución de vivir esta jornada con amor. ¿Y qué significa vivir con amor? Simplemente respirar, comer, andar, mirar, escuchar con amor. Pensáis que ya sabéis todo eso… No, no lo sabéis.

Vivir con amor es elevarse hasta este estado de conciencia que armoniza vuestros pensamientos, vuestros sentimientos, vuestros actos, y os mantiene en equilibrio. Y este estado de conciencia se convierte en una fuente de gozo, de fuerza, de salud, no sólo para vosotros sino también para todas las criaturas que frecuentáis. Cuando empecéis a comprender verdaderamente, con todo vuestro ser, lo que significa vivir con amor, vuestra existencia entera se transformará. El amor brotará en vosotros sin cesar, incluso cuando durmáis… Sí, incluso durante vuestro sueño.

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Cuando experimentamos la necesidad de fundirnos con el Alma universal, volvemos espontáneamente nuestra mirada hacia los grandes espacios, hacia la inmensidad del cielo. Pero si permaneciésemos en este estado de dilatación, no realizaríamos nada en la tierra; para poder actuar, es preciso utilizar la ley de la concentración. Tenemos necesidad de grandes espacios para dilatarnos, pero después debemos replegarnos y concentrarnos para tomar fuerzas y actuar.

Dilatación y concentración corresponden a dos signos astrológicos: Leo, signo de fuego, y Capricornio, signo de tierra. Leo es un signo de exteriorización: proyecta, gasta. Capricornio, por el contrario, es un signo de interiorización: acumula y condensa. Bajo su influencia, entre los meses de diciembre y enero, la tierra concentra las energías en las raíces de los árboles para preparar la explosión de los meses de julio y agosto: la abundancia de los frutos, bajo la influencia de Leo.

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La vida cotidiana es como una corriente que os lleva sin que hayáis tenido siempre el tiempo y la posibilidad de daros cuenta hacia qué dirección os arrastra. Por eso os dejáis acaparar sin cesar por toda clase de actividades y de compromisos que, en el momento mismo, os parecen útiles y razonables; pero pasado algún tiempo, os dais cuenta de que habéis perdido mucho tiempo y energías para obtener pocos resultados. Esto no quiere decir que debáis consagraros exclusivamente a trabajos espirituales. En realidad, toda actividad puede ser benéfica, pero sólo si habéis tomado la precaución de agarraros bien a un alto ideal, a una filosofía divina.

El día en que aprendáis a construir en vosotros mismos algo sólido, estable en torno a este centro que es vuestro espíritu, todas vuestras actividades, incluso vuestras distracciones, contribuirán a alimentar la vida en vosotros. El espíritu que habita en un ser no rechaza el hígado de éste, ni sus intestinos o sus pies, con el pretexto de que no son tan nobles como él. Todo está en su lugar y el espíritu se sirve de todo, pero permanece en el centro. Y debido a que el espíritu permanece en el centro es por lo que éste está vivo.

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Las piedras preciosas pertenecen al elemento tierra. Son el producto de todo el trabajo que la tierra es capaz de realizar, y por eso han sido escogidas como símbolo de las virtudes que el hombre puede adquirir si aprende a trabajar sobre su propia materia.

La costumbre de poner piedras preciosas en las vestimentas de los sacerdotes y en las coronas de los reyes, proviene del conocimiento de este simbolismo: representan las cualidades y las virtudes que esos seres deben poseer para ejercer directamente su cargo. A cada virtud le corresponde una piedra: a la sabiduría, el topacio; a la paz y a la armonía, el zafiro; al amor, el rubí, etc. No miremos demasiado si esos altos personajes merecen llevar encima tales tesoros, es el simbolismo lo que cuenta. Y si los reyes de la tierra, si los papas y los cardenales llevan sobre su cabeza ornamentos con piedras preciosas, es porque también hay piedras preciosas en la corona del Maestro de la creación. Estas piedras son los ángeles, los arcángeles, las divinidades…

Autor: Omraam Mikhaël Aïvanhov

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