La que rige a la humanidad es la ley del amor.
Si la violencia, o sea, el odio nos hubiera regido,
nos habríamos extinguido hace muchísimo tiempo.
Y sin embargo, la tragedia de ello es que en la
llamada civilización, los hombres y las naciones
se conducen como si la base de la sociedad
fuese la violencia.
La existencia de millones de hombres depende
de la intervención sumamente eficaz de esta fuerza.
Gracias a ella vemos cómo se disipan las pequeñas peleas
que entorpecen la vida cotidiana de millones de familias.

Centenares de pueblos viven en paz.
Este hecho no lo reseña ni puede reseñarlo la historia.
La historia, como es lógico, registra los acontecimientos que
corresponden a una detención momentánea en el
funcionamiento de esa fuerza del amor o fuerza del alma.
Riñen dos hermanos; uno de ellos se arrepiente
y despierta así aquel amor que dormitaba en él:
los dos viven de nuevo en paz.

gandhi

De este episodio no hay nadie que tome nota.
Por el contrario, la prensa recogerá enseguida el hecho,
hablarán de él todos los vecinos y hasta la historia conservará
en parte su recuerdo, si esos dos hermanos recurren a la guerra o,
lo que es otra forma de intervención brutal, apelan a la justicia,
tras una consulta con sus consejeros jurídicos o por cualquier otra razón.
Y esto, que es verdad en las familias y en las demás comunidades,
no es menos cierto en Ias naciones.

Nada nos autoriza a creer que las naciones son gobernadas
por una ley distinta de la de las familias.
De este modo, la historia se contenta con registrar las interrupciones
que sufre el curso natural de las cosas.

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Pero como la fuerza del alma es natural, la historia no habla de ella.

Ghandi

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