Nada en el mundo vive mucho tiempo sin raíces

ardillitaHay una frase de Krishnamurti que corre por las redes que dice:

“Cuando te llamas a ti mismo indio o cristiano o musulmán o europeo o cualquier otra cosa estás siendo violento. ¿Ves por qué es violento?
Porque estás separándote a ti mismo del resto de la humanidad.
Cuando te separas a ti mismo por causa de creencias, nacionalidad, religión, tradición… alimentas la violencia.
Así que alguien que esté en el camino de entender la violencia no pertenece a ninguna religión, partido político o sistema parcial.
Alguien así se preocupa seriamente por la compresión total de la humanidad.”

Entiendo que la parcialidad y el dogmatismo alimentan la división y la violencia, pero no estoy de acuerdo completamente con esta cita que se le atribuye a Krishnamurti, es el reconocimiento del otro diferente el fundamento de la igualdad, no se trata de aniquilar la diversidad de las culturas, tradiciones, etc. Precisamente lo común de los últimos siglos ha sido el desarraigo sistemático y/o los medios de adoctrinamiento para que el asimilado sienta auténtica vergüenza de su pasada condición, del mundo del que ha sido arrancado, esa si que es la verdadera violencia. Un sistema que busca un mundo de pensamiento único y que odia la diversidad, una comunidad homogénea de seres aculturados, similar al “mundo feliz” de Aldous Huxley. Para Simone Weil el lema se presenta con claridad: quien se encuentra arraigado no desarraiga, pero quien no lo está tiende a hacerlo.

“Quién controla el pasado controla el futuro: quién controla el presente controla el pasado” (George Orwell)

“Ahora que la crisis económica acucia nuestras sociedades, dirigentes económicos y mandatarios políticos se apresuran a disponer las correctas medidas que reorienten la economía por el cauce del bienestar y el consumismo, sin recapacitar en que esta crisis no es sólo económica, ni siquiera es económica principalmente; se trata, más bien, de una enfermedad de desarraigo, de crisis moral, política, y cultural generalizada que viene siendo cultivada desde tiempos pretéritos.” (Texto de Rafael Amela Rueda)

“La palabra “desarraigo”, que Simone Weil analiza en su última obra, L’enracinement (El arraigamiento o como recientemente se ha traducido, Echar raíces– es rica en contenidos poéticos: nada en el mundo vive sin raíces. Los seres humanos, al igual que las plantas y los animales, necesitamos de un suelo nutricio para vivir. Sin él, es decir, desarraigados, nos marchitamos, nos corrompemos y morimos.

Hasta el nacimiento del industrialismo y del proletariado –todavía eso es visible en los llamados universos premodernos y agrarios–, el mundo humano estaba arraigado en suelos que, preservados por generaciones, daban alimento, rostro y sentido a las comunidades. En esos sitios, al igual que un saco de maíz o de trigo eran respetados no por su valor, sino porque eran el alimento de sus miembros, la familia, las costumbres, los mitos, los usos y sus construcciones, se respetaban y conservaban como el alimento de sus almas. Por la duración de esos mundos, llenos de significado, la comunidad entraba en el porvenir. Los suelos, creados y conservados por los ancestros muertos y las generaciones presentes, no sólo contenían el alimento para las almas de los vivos, sino el alimento de seres que no habían nacido y que vendrían al mundo en siglos venideros. La duración de esos mundos “constituía –escribe Weil– el único órgano de conservación de los tesoros espirituales amasados por los muertos, el único órgano de transmisión mediante el cual los muertos podían hablarle a los vivos, y la única cosa terrestre que tenía un vínculo directo con el destino eterno del hombre”.

La revolución industrial, el pensamiento ilustrado y más tarde los economistas burgueses, al fundar todo en la noción de valor como el camino hacia el bienestar, destruyeron los suelos y sus universos éticos para reducirlos a recurso. El valor no sólo invadió todo y creó una relación utilitaria y especulativa con el mundo, sino que convirtió al hombre en un desarraigado.

Mientras en los mundos con suelo había una imagen que alimentaba al cuerpo y al alma, en el mundo del valor no hay imagen. El sentido ya no reside en las obras del pasado que se conservan abiertas al devenir, sino en el progreso, es decir, en un proceso que sin cesar niega el pasado y el presente y transforma todo en producción y consumo. El suelo, que otrora estaba poblado de alimento para el cuerpo y el alma, se pobló paulatinamente de valores cuyas presencias no representan ni dicen nada. Las iglesias románicas, por ejemplo, los templos budistas o mesoamericanos, señala Octavio Paz, “eran representaciones del mundo”; las chozas de bajareque, de adobe, de piedra y las maneras de habitarlas, eran, señala Ivan Illich, centros de hospitalidad, formas de habitar, de estar, de preservar y de moldear un mundo en relación con el suelo en el que se nació, en el que se echaron raíces; las maneras de producir alimento y objetos correspondían a herramientas moldeadas específicamente para esos suelos específicos. Todo, en ese orden, tenía una relación de raíz que conservaba vivos ciertos tesoros del pasado abiertos al porvenir y permitía a un ser humano, por intermediación de medios de los que formaba parte, recibir casi la totalidad de su vida alimentaria, moral, intelectual y espiritual. Por el contrario, nuestros monumentos, nuestras viviendas, nuestros sistemas carreteros, nuestras fábricas, nuestros tractores y fertilizantes, nuestros aparatos, nuestras producciones y nuestro dinero, no dicen ni preservan nada. “Son –dice Paz– funciones, no significaciones”; son centros de transformación de todo que al generar valores de producción y de consumo nos desarraigan y nos vuelven seres marchitos que tratan de buscar su sustento en cualquier sitio y a costa de lo que sea.

La pendularidad, las migraciones, el empleocentrismo, la delincuencia, la corrupción en todos sus niveles y las cargas fiscales –los tributos– que el gobierno quiere imponernos para hacer vivir lo que fue arrancado, son sus consecuencias. Ya no se trata siquiera de producir –la producción a principios del siglo XX llegó a un nivel de saturación–, sino de obtener, por los medios que sean, los recursos que permitan acceder al consumo de valores de todo orden, desde los mínimos hasta los más sofisticados. El desarraigo de la civilización industrial no sólo ha producido, en el siglo XX y lo que va del XXI, más desechos y materia muerta, sino más miserables y desposeídos que todas las culturas juntas, desde la transformación del neolítico. Extraviados en un universo no de significados, sino de funciones para el consumo, los hombres nos explotamos, nos traicionamos, nos destruimos y perdemos cualquier sentido del suelo, es decir, de la ética, de la preservación, de la solidaridad y de la vida buena.

El desarraigo – eso que el dinero hace en nombre del desarrollo al ir ocupando territorios y alejando a la gente de lo que constituye su alma: los tesoros de su pasado que se preservan en la memoria de su hacer y de sus relaciones– es el signo del mundo moderno. Al destruir, como lo señalaba Simone Weil, las raíces, reemplazando todos los ámbitos de la vida humana por el deseo de poseer, sólo queda lo que somos: ese ser atroz que nos representa, al que el sueño de la burguesía y la izquierda quiere reducir el mundo rural, indígena y cualquier otro mundo que no se le parezca; esa mentalidad que hace de la mentira, de lo inmoral, del abuso, el signo de nuestro racismo y, cuando logra legitimarse, el signo del prestigio y de la grandeza.

¿Cómo, sin volver al pasado, pero mirándonos en él, rehacer un suelo que nos permita de nuevo enraizarnos? Me parece que responder a esta pregunta es la tarea más urgente que tenemos los hombres en medio de un mundo que, poblado de valores, nos ha llevado a la peor de las sequías.”

Texto de Javier Sicilia

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