Me abandonaste

peluche tirado

Camila había hablado con su madre hacía un par de días. Había tenido un sueño  que la llevó a ser consciente de su ausencia en una época temprana de su vida y quiso compartirlo con ella. A su madre le cayeron algunas lágrimas ese día, más que nada por no tener siquiera conciencia del momento en que eso sucedió.

    La falta de su madre era lo único que Camila entendía de su sueño, no sabía a qué se refería exactamente, cuándo su madre la abandonó. Y hoy, en el taller de los jueves, quiere contarlo para ver si la ayudan a dilucidar el resto del mensaje.

    –Cuéntanos –la anima Martina.
    –Está bien. En mi sueño voy con mis padres a conocer la casa de mi primera infancia, de la que yo no guardo ningún recuerdo. La casa, abandonada y completamente vacía, está pareada con una iglesia o cementerio; siento como si las dos cosas fueran lo mismo. Acerco mi oído a la muralla que separa ambas propiedades y escucho canciones religiosas, lo que me lleva a pensar en lo horrible que debe haber sido vivir ahí escuchando esas canciones.

    ‹‹Salgo al patio trasero de la casa y veo que llega un vagabundo y se acuesta en el suelo a dormir; luego llega otro y otro, y todos se van recostando en el suelo en un extraño orden. Observo cómo mi papá se acerca al primer vagabundo y lo despierta. Me asusta que el vagabundo pueda ser violento, no entiendo por qué mi papá hace esas cosas. ¿Por qué no deja al vagabundo durmiendo tranquilo?

‹‹Cuando el vagabundo despierta no está enojado y siento un gran alivio al comprobar que no es una persona violenta. Mi papá le pregunta cómo está y él le contesta que bien. Pero mi padre no se conforma con esa respuesta, por lo que le vuelve a preguntar cómo se siente y esta vez el vagabundo comienza a llorar. Esto lleva a mi papá a llorar junto con él. Yo siento tanta rabia que grito ¡hasta cuándo! ¡Ya basta! Estoy tan enojada, porque siento que mi papá necesita que otro sufra para poder sacar su propio dolor interno. Él no está preocupado por el vagabundo, necesita el vagabundo como un espejo para poder llorar.

‹‹Estoy tan furiosa, que quiero acusar a mi papá con mi mamá y me doy vuelta para buscarla, pero no está. La llamo una y otra vez, me duele mucho la garganta de tanto llamarla. Salgo a la calle para ver si está allí, pero no encuentro a mi mamá.

‹‹El sueño cambia de escena y ahora veo a mi madre paseando por Buenos Aires. En ese momento siento una gran sorpresa porque me doy cuenta de que mientras yo la buscaba, ella estaba paseando. Entonces le digo: "me abandonaste". Estoy perpleja, siento que casi se me salen los ojos de la cara, no puedo estar más sorprendida. Ella me mira muy tranquila y me dice que estaba paseando, que es algo normal. Siento una tristeza enorme. Ahí termina.

    –¿Le pusiste un título? ¿Revisaste algunos de sus símbolos? –pregunta Martina.
    –Bueno, el título es “Me abandonaste, mamá”. Y sí, vi algunos símbolos. Lo que analicé de la primera parte es que el sueño me lleva a revisar una etapa temprana de mi vida de la que no tenía conciencia, pero cuyos efectos aún me remueven internamente. En esa etapa de mi vida escuchaba “canciones religiosas”, lo que asocio a que mi padre traía desde su infancia muchas reglas religiosas que para mí eran como letra muerta, algo que sólo nos quitaba vida. Y, tal como en el sueño, para mí era horrible sentir ese ambiente. Pero eso fue todo lo que vi. No entiendo el porqué de los vagabundos.

    –¿Y qué es un vagabundo? ¿Qué sientes frente a uno? –lanza la pregunta Sandra, desde el otro lado de la sala.
    –Un vagabundo es una persona que se sale de todas las reglas sociales y yo siento miedo frente a ellos.
    –Déjenme hacer una pregunta –previene Sandra–. ¿En qué sentido sientes que tu padre estaba relacionado con personas que se salían de todas las reglas sociales y que te daban miedo? ¿Te resuena eso?

    –Bueno… siento que mi padre es así de cierta forma. De niña observé esa conducta en él,  la de buscar cualquier excusa, inventar una discusión, hacerte enojar, no sé, sólo para desde ahí sacar lo peor de él, llorar sus penas y culparte a ti más encima.
    –O sea que despertaba a su vagabundo –comenta Javier.

    –Sí… O a sus vagabundos. Ahora entiendo, sí, eran sus propios vagabundos que él tenía en su patio trasero, donde nadie los veía, todos ordenaditos, y los iba despertando a medida que necesitaba sacar afuera algún dolor de él –razona Camila.
    –Y cuando tu papá despertaba a uno de sus vagabundos en tu niñez, ¿sentías miedo de que fuera violento? –interroga Javier.
    –¡Sí! ¡Muchas veces! Con sus reproches, yo no sabía si su conducta se transformaría en algo violento, me daba mucho miedo.
    –¿Y entonces buscabas a tu madre para que te defendiera?

    –La verdad es que no conscientemente, pero creo que sí. Creo que de algún modo esperaba que ella hiciera algo, que lo detuviera en esa conducta, pues él me usaba a mí para sacar afuera sus dolores. ¡Y yo sólo era una niña! No sabía qué hacer. Sólo le reclamaba, le rebatía y a veces simplemente me iba a refugiar a mi pieza –Camila baja su mirada, con la tristeza de esos momentos volviendo a ella.
    –¿Y qué es Buenos Aires? ¿Te gusta? –interviene Martina.

    –Ah, Buenos Aires es una ciudad muy entretenida adonde a mi mamá le encantaba viajar. Sí, me gusta. Pero más le gusta a ella.
    –¿Y qué crees que te quiera decir la última parte de tu sueño?

    –Creo que me pide que me dé cuenta de algo: que mientras yo intentaba actuar como una adulta, frenando a mi padre en su actitud de víctima con la que me usaba para sacar afuera sus dolores, yo buscaba a mi madre, le pedía ayuda, aunque no en forma totalmente consciente, y que ella me dejaba sola. Ella se iba a pasear por su mundo haciendo como que no pasaba nada, sin tomar ninguna actitud frente a la conducta de mi padre. Me dejaba sola frente a él, indefensa. Me abandonaba. ¡Qué rabia siento!

    ‹‹Pero gracias, muchas gracias por ayudarme a entender mi sueño. Ahora sé de qué es lo que tengo que hablar con mi madre –comenta finalmente Camila.

Edna Wend-Erdel

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