zakat_25
Por Jean Tinder, editora del Shaumbra Mensual

Abril, 2011
Traducido por Maribel González – marigo28@gmail.com


Los Ojos de un Maestro

He notado algo en las últimas semanas y meses. No es en realidad nada nuevo, pero lo he estado viendo con una visión más amplia y personal. Este “algo” es el hecho de que el mundo que nos rodea refleja muy fielmente el mundo dentro de nosotros, y la mayoría de nosotros comprende esto en un grado u otro. También he llegado a creer que esta reflexión puede valer en ambos sentidos. En otras palabras, al encontrar completitud y equilibrio dentro, literalmente ofrecemos esos mismos potenciales al resto del mundo.

Algo pasó en mi vida recientemente que trajo esto a casa de una manera muy directa. En esta vida tengo el privilegio de ser Madre de cuatro personas maravillosas. Dos de ellas aún no son adultas y, por diversas razones, viven con su padre y su pareja. Y, debido a que viven lejos de mí, he pasado por muchas rondas de lágrimas, dolor, preocupación, y liberación en torno al hecho de que únicamente las veo un par veces cada año. Aunque sé que cada día están mejor, mi corazón de madre (es decir “aspecto mami”) todavía se inquieta y preocupa de que no los esté protegiendo, enseñando, ayudando, o amando lo suficiente.

Hace poco me visitaron, y como siempre se plantearon algunas cosas para que las examinara. En un momento estábamos jugando al Monopoly, un juego de mesa en que se gana al convertirse en la persona más rica. Nos estábamos divirtiendo, pero me di cuenta que mi hija de 8 años no quería comprar ninguna propiedad.  Finalmente le pregunté por qué. Ella dijo “No quiero gastar mi dinero porque podría agotarse, y entonces no puedo jugar más,” y comenzó a llorar. Le aterraba quedarse sin dinero.

Literalmente me dolió ver este profundo y potente temor que ella había asumido sobre el dinero y la carencia. Desesperadamente quería salvarla, ayudarla a, recordarle, que se reconectara consigo misma – cualquier cosa que para mejorara -. Y, por supuesto, los pensamientos juiciosos iniciaron. “¿Qué clase de madre soy para dejarla vivir donde las creencias de este tipo son tan prevalentes? Si viviera conmigo, yo la enseñaría a confiar, a entender cómo funciona la abundancia, que no hay nada que temer, que las cosas siempre se arreglan. Y si fuera una buena madre, encontraría la manera de “desprogramar” todas las creencias limitantes que parece estar asumiendo. La protegería porque, obviamente, ellas es una víctima, tanto de mi maternidad ausente como del ambiente y los sistemas de creencias en casa.” Ouch.

Esa noche hablé con mi querido e iluminado esposo sobre todo esto. “¿Qué puedo hacer?? ¿Cómo puedo ayudarla? Me inquietaba. Pero él seguía diciendo, “Esto no tiene nada que ver con tu hija, se trata de ti.”  Con vehemencia discrepé. ¿Cómo se podía tratar de mí cuando era ELLA la que estaba sufriendo, traumatizándose y aprendiendo a no confiar? Esto era obviamente acerca de ella. Pero aún así  amorosamente insistió en que no, que se trataba de mí. (¿Acaso no es interesante como toda la sabiduría y el conocimiento se salen directo por la ventana cuando las cosas se vuelven personales…)

Pero por lo general él tiene la razón sobre este tipo de cosas, así que respiré. Y respiré…y algo comenzó a abrirse por dentro. Me acordé de a mi propia pequeña niña sí misma, cómo ella había tenido que olvidar, cómo ella asumió creencias tan limitadas y afectadas por la pobreza, como su mundo había sido tan gris y doloroso y lleno de drama – de todas las cosas que (con mucha razón) quería proteger a mi preciosa hija. Lloré por esa pequeña niña que vivió con personas que no podían verla. Lloré por la luz que tuvo que rechazar, por la fortaleza que tuvo que encontrar, por el dolor que tuvo que soportar, por los años, las décadas que le tomó encontrarse a sí misma de nuevo. Lloré por la pequeña niña que era, incluso mientras entendía la perfección de todo, y la invité a mis brazos.

Y algo cambió.

De repente vi a mi propia hija a través de nuevos ojos, a través de ojos puros. La vi de una forma nueva, ya no a través de mi propio dolor, pero a través de los ojos de la compasión, los ojos que ven todas las elecciones y experiencias sin excepción como absolutamente perfectas. Ya no la veía como que estaba herida o dañada por nada ni nadie en su vida, sino viviendo el camino que ha elegido por sus propias razones divinas. La vi como simplemente teniendo una experiencia, a su alma jugando con esa “realidad” por un tiempo. Por supuesto puede implicar dolor, pero eso también la ayuda a desarrollar la fortaleza interior a la que acudirá cuando sea hora de hacer lo que vino aquí a hacer.

De pronto pude estar con ella en amor verdadero y confianza – no dolida por su difícil vida, no observando sus sistemas de creencias que necesitaba contrarrestar, no queriendo “arreglar” nada de ella – sino simplemente estar con ella como la Maestra que es. Todo cambió.

Se dice que Jesús en realidad no sanó a nadie, que sólo activaba su propio sí mismo-Dios innato a que manifestara completitud si lo elegían. En mis palabras, diría que simplemente miraba a las personas a través de los ojos de un Maestro que únicamente veía perfección, y por un momento esto les permitía elegir y experimentar esa perfección.

Tantas veces nos ciega la visión distorsionada de nuestros aspectos. Un aspecto herido ve un mundo de dolor. Un aspecto santurrón ve el mundo en matices del bien y el mal. Un aspecto asustado ve un mundo de peligro y destrucción. Un aspecto perdido en la vergüenza ve a los demás en matices de bello y feo.

Pero un Maestro ve la perfección en cada ápice de la existencia. Un Maestro ve a un compañero Maestro en todos los demás seres, sin importar las apariencias externas y las decisiones humanas. Un Maestro ve la verdad, y es esta vista, esta visión la que el mundo  está pidiendo ahora.

Por extraño que parezca, cuando al fin pude ver a mi preciosa hija a través de los ojos de un Maestro, comenzó a reflejar – y a experimentar – esa percepción y realidad inmediatamente. Fue sólo cuando la vi a través de los ojos de mi propia niña herida, o mi propio aspecto de madre avergonzada, que ella parecía estar herida y desolada.

Ha sido mi experiencia que los niños están a la altura de nuestras expectativas. Y, por extraño que parezca, también lo hace el resto del mundo. La realidad está en un estado constante de convertirse en, creándose a sí misma como es guiada por nuestra visión, siendo lo que le evoquemos que sea. Cuando nuestra visión se basa en lo que elegimos ver más que la ilusión de lo que parece ser, creamos esa visión.

Si la imaginación es “darme a mí misma la experiencia,” ¿por qué no imaginar y experimentar un mundo perfecto? Si veo cualquier cosa menos que perfecta, es sólo una parte de mí que espera volver a casa.

Nos invito a todos a ver nuestro mundo a través de ojos puros, a través de los ojos de un Maestro, porque entonces así será.

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