competenciaPor Jossie Del Valle Conty

Desde que vamos haciéndonos adultos, aún en la etapa más temprana de la infancia, en el hogar y en la escuela, es inevitable que se nos provean unos patrones de conducta para poder funcionar en sociedad. Luego se adicionan modelos a seguir, concepto , paradigmas sobre que es lo bueno, que es lo correcto, que es moral, que es lo mejor,  etc. Todo ello nos acondiciona en relación a nuestras preferencias, gustos y  formas de pensar, a su vez  por tanto sobre nuestras actitudes y decisiones . Podríamos entender que todas esas influencias parecieran tener el objetivo de trazarnos el paso de hacia donde debemos dirigirnos en la vida.

No cabe duda de que es necesario proveernos pautas pues  vivir en sociedad requiere de unas normas que son parte de la disciplina  y un orden, pero a su vez habría que replantearnos hasta que punto  hemos sido programados más allá de lo razonable e indispensable y hasta qué punto nos han limitado para tener una propia y genuina capacidad de elección que interfiere en nuestro libre albedrio. Inclusive por ejemplo los estereotipos que se nos inculcan pueden conllevar a distintas formas de prejuicio bien sea racial, social o religioso.

Entre  las distintas vertientes de esta programación hay una que (aunque a simple vista pareciera inofensiva) es grandemente perjudicial si estamos interesados en mejorar como seres humanos  desde una perspectiva espiritual, se trata de la tendencia a vivir compitiendo. Pareciera que vivimos en una permanente competición. Competimos por alcanzar primero en la escuela las mejores notas, el primer lugar de la clase,  luego en el mundo laboral hay empresas que fomentan la competencia a veces de forma implacable, ser el el número  o el más destacado o el más famoso, ganar más dinero que los demás, tener la mejor posición, a su vez esta competencia incrementa el egocentrismo, ser el centro, ser quien mas se destaque, quien sobresalga, quien tenga  el mejor auto, la mejor casa, la ropa mas elegante, etc . Si no tenemos cuidado al estar continuamente compitiendo  podemos estimular la ambición y el egoísmo. 

Otra evidente forma de programación es el efecto que tiene sobre muchas personas la publicidad,  los anuncios,  lo que emiten en la televisión y  contienen mensajes subliminales que sin percibirlo abiertamente se alojan en nuestro subconsciente para estimularnos a elegir tal marca o tal producto, hay quienes desarrollan verdaderas obsesiones por la moda, peor aún, es si mediante esos medios masivos de comunicación se nos manipula a nivel de ideologías.

Si le damos un  valor a nuestra evolución espiritual y surgen  interrogantes sobre nuestra  esencia humana y nuestra existencia entonces deberíamos descubrir y reconocer todo aquello que nos limita y tomar acción para que seamos nosotros (y no la programación a que hemos sido expuestos),  quienes determinamos  como ser y como conducirnos en la vida.

De nada sirve pensar en lo importante que es la caridad si no somos capaces de ayudar  al necesitado, al que pide en la calle, por dar un ejemplo, de nada sirve que pensemos que el amor es lo más grande y maravilloso si no somos capaces de vivirlo  y regalarlo a cada paso por la vida,  aún cuando se nos ha  ofendido o lastimado, regalar amor a manos llenas,  junto a una enorme capacidad  de perdón porque si el amor no contiene el elemento de perdón no es verdadero amor. También ponerse en el lugar de la otra persona, una excelente forma de liberarnos de los prejuicios, y del egoísmo y así comprender situaciones y sentimientos de los demás al ser empáticos, cualidad hermosamente humana.  En ese sentido entonces cuáles son nuestras prioridades y cuál es el sentido que estamos permitiendo tenga nuestra vida es esencial, para continuar con nuestra evolución espiritual y tener armonía, paz y luz en nuestro andar por esta existencia.

Empecemos pues a desprogramarnos de todo aquellos que nos aleje de ese camino y  le habremos dado a nuestra la vida una aportación maravillosa pues a fin de cuentas es en la paz interior que nace la mas autentica y perdurable felicidad. 

Namasté

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