En presencia de ciertos seres, viendo la expresión de su rostro, de su mirada, sintiendo todo lo que emana de ellos, inmediatamente se impone ante nosotros la palabra luz. Como si en su corazón, en su alma, fuesen capaces de destilar una materia imponderable, y proyectarla después bajo forma de luz. O como si hubiesen captado algo de la luz difundida en el espacio y la hubiesen condensado en ellos. Su cuerpo entero parece hecho de una materia translúcida en el interior de la cual arde una llama. Para muchos, esta luz sigue siendo un gran misterio, porque no saben que es el resultado de procesos muy reales de la
vida interior: el sabio, el Iniciado, la ha obtenido gracias a un trabajo de todos los instantes. De cada pensamiento, de cada deseo, de cada sentimiento y de cada acto que consigue volver más desinteresado, más generoso, más puro, extrae una cantidad infinitesimal de luz.

Se dice en los libros sagrados que el alma humana tiene el poder de remover los cielos. Sí, el alma puede remover los cielos, pero solamente por su deseo de obtener la luz. Si insiste, si exige, si suplica, el Señor mismo, que es luz, no puede negársela.

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Omraam Mikhaël Aïvanhov

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