Cuando les preguntamos por sus creencias religiosas, muchas personas dicen que creen en «algo» o en «alguien», sin poder explicar exactamente de qué o de quién se trata, y sin llegar a llamarle Dios. Es como si en el pasado hubiesen tenido ciertos conocimientos, hubiesen hecho ciertas experiencias, y por momentos este conocimiento, estas experiencias remontasen a la superficie como el breve centelleo de una luz venida de muy lejos. Ignoran por qué se impone a ellos esta impresión con tal evidencia y no saben cómo interpretarla, pero la sienten como una realidad indudable.

En un momento u otro de su existencia, la mayoría de los humanos han tenido la sensación de que algo en ellos les conecta con un mundo superior, misterioso, cuya huella han conservado. La diferencia entre los seres, es que algunos dejan que se borre esta sensación sin tratar de profundizar lo que ésta significa, mientras que, para otros, al contrario, es el punto de partida de una búsqueda interior que les conducirá hasta la conciencia de su origen divino.

Cuando incluso han llegado a la edad adulta, la mayoría de los humanos son niños todavía: para retener su atención, hay que presentarles siempre novedades. Y eso también lo observamos en los espiritualistas. Aunque la enseñanza que reciben les aporte una profusión tal de verdades que ni siquiera tienen tiempo de asimilarlas, siempre esperan algo nuevo. ¿Pero qué hacen con todo lo que ya han recibido?…

vamos a ser felices

Hay verdades esenciales que deberíais rememorar diez, veinte, treinta veces al día. Hasta que no os impongáis esta disciplina, no progresaréis. Si os dejáis a veces llevar a cometer acciones que no son demasiado justas o nobles –que después lamentáis – es porque habéis olvidado las verdades y las leyes que os habrían permitido triunfar sobre vuestras debilidades. Aceptáis que debéis respirar, comer, beber y dormir cada día… Procurad aceptar también que debéis volver sin cesar sobre las mismas verdades. La novedad está ahí: en lo que descubrimos al profundizarlas cada día dentro de nosotros.

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Hemos descendido a la tierra para hacer en ella un trabajo comparable al de los alquimistas. Se nos da una materia de la que debemos extraer la quintaesencia; esta quintaesencia es la única riqueza que nos llevaremos con nosotros cuando abandonemos la tierra, y seguiremos trabajando con ella en los otros mundos.

Os preguntáis cómo hay que comprender esta palabra «materia». Es simple: todo lo que constituye nuestra vida cotidiana, nuestras actividades, nuestros encuentros, son una especie de materia que nos es dada para que la transformemos con el poder del espíritu. Y esto supone también, por tanto, un trabajo sobre nosotros mismos, porque nosotros también somos una materia: incluso nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestros deseos, nuestros estados de conciencia son una materia que debemos transformar, volver más pura y más rica. Al mismo tiempo que trabajamos sobre una materia exterior a nosotros, trabajamos también sobre nosotros mismos.

Autor: Omraam Mikhaël Aïvanhov

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