curiosidad

Si, en el momento que abandona la tierra, un Maestro estima que todavía no ha terminado su trabajo, puede continuarlo a través de algunos de sus discípulos que empezaron a hacer este trabajo con él. Igual que las entidades espirituales, no tiene necesidad de encarnarse en un cuerpo para actuar, él se desliza, se insinúa en su alma. Físicamente, el Maestro ya no está ahí; sin embargo sigue presente y continúa su trabajo. ¿Por qué iba a tener otro cuerpo físico? Tendría que pasar nueve meses en el seno de una madre y, después, nacer, crecer, formarse, hasta el momento en que estuviera en posesión de todos los medios psíquicos y espirituales, ¡y eso requiere mucho tiempo!

Así que, a menudo, un Maestro escoge vivir en seres que desean proseguir su tarea y que son capaces de hacerlo. Y no viene solo, porque él mismo está unido a otros Maestros, y también a los ángeles y los arcángeles. Por eso, gracias a su Maestro, los discípulos se sienten enriquecidos por tantas presencias que les iluminan, les sostienen y les revelan las maravillas del mundo espiritual.

El modelo de toda organización es nuestro propio organismo. El hombre no puede inventar nada que no exista ya en la creación. Puede imitar, puede reproducir, pero no puede inventar. El organismo humano es ya un mundo organizado en sí mismo, construido según las leyes de arriba. Lleva, inscrita en él, toda la filosofía de la vida.

Esta organización, de la que nuestro propio organismo es el modelo, debe reflejarse, en primer lugar, en la familia. La familia es una institución divina, porque es un organismo en el que juega, en una amplia medida, la ley de la gratuidad, y es esta gratuidad la que hace su unidad, su armonía. Existen, evidentemente, familias que parecen componerse de miembros heteróclitos, como si éstos fuesen, psíquicamente, espiritualmente, de diversos orígenes. Pueden ser, en efecto, de orígenes diversos, y si éste es el caso, no hay que sorprenderse de ello: están ahí juntos para aprender, justamente, las leyes de la gratuidad, es decir, las leyes de la paciencia, de la indulgencia, del amor, del sacrificio. Son estas mismas leyes las que deben regir la familia que forman los humanos en la tierra entera.

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La curiosidad es, ciertamente, una muy buena cualidad, ella es la que ha llevado a la humanidad al grado de civilización que tiene actualmente. Pero esta curiosidad debería estar un poco más iluminada y orientada. Porque, ¿qué es lo que vemos a menudo? A hombres y mujeres que quieren conocerlo todo de la vida y que se animan mutuamente a hacer las experiencias más audaces. No se preguntan a dónde acabarán llevándoles, en qué dificultades, en qué sufrimientos van a caer por haberse lanzado a estas experiencias sin prudencia ni reflexión. Observad una mosca: también es curiosa, quiere saber lo que es esta tela, que está ahí, tan bien fabricada, y que ve tendida ante ella. No se da cuenta de que es la obra de un ser muy astuto, de una araña que, agazapada en su centro, acecha y espera… Se aventura en esta tela, se enreda con sus hilos, y ahí la tenéis, cogida en la trampa para mayor satisfacción de la araña, que va a hacer con ella un festín. La misma especie de curiosidad es la que, a menudo, pierde a los humanos. Así que, en vez de lanzarse a sentir, a tocar, a saborear, a escuchar, a mirar cualquier cosa, con el pretexto de querer conocerlo todo, si no quieren ser devorados, deben empezar por identificar todas las telarañas que hay tendidas ante ellos.

Omraam Mikhaël Aïvanhov

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