Una práctica centrada para cuando tu trauma se reactiva

Cuando somos desencadenados, los eventos aparentemente seguros pueden provocar reacciones fuertes, incluso incontrolables, que son desproporcionadas con respecto a lo que realmente está sucediendo. Nuestra respiración se vuelve rápida y superficial, o nos tragamos el aire. Sudamos, nos agitamos y nos sentimos mareados, buscando amenazas externas mientras los pensamientos catastróficos nos inundan.

Los síntomas del trastorno de estrés postraumático (TEPT) se desencadenan cuando una visión, un sonido, un sentimiento o un pensamiento en el presente nos recuerdan un evento traumático que hemos sobrevivido en el pasado (un incendio en un camión puede hacer que un veterano de combate se zambulle en busca de refugio, una cita romántica puede invocar el terror en una sobreviviente de una agresión sexual). Los recuerdos traumáticos no son como nuestros recuerdos explícitos, que pueden ser recordados y sacados de la conciencia siempre que queramos; los recuerdos traumáticos son fragmentados e implícitos, lo que significa que no pueden ser recordados a voluntad. Cuando se activan, el contenido de estos recuerdos enterrados se inmiscuye en el presente en forma de latidos cardíacos acelerados, flashbacks no integrados, impulsos para luchar, huir o congelarse en el terror. Lo que sentimos e hicimos para sobrevivir al evento original es ahora parte de nuestra experiencia actual.

Mientras estos traumas no se resuelvan, podemos sufrir ataques de pánico frecuentes o esporádicos. Eventualmente nos mantendremos alejados de las personas, lugares y situaciones que nos desencadenan, dejándonos aislados e incapaces de abrazar la vida.

La buena noticia es que las prácticas auto tranquilizadoras pueden ayudarnos a volver a sentirnos cómodos. El primer paso es inhibir nuestras reacciones de supervivencia a través de lo que los primeros suttas budistas llamaban anapanasati, o conciencia continua de la respiración. Al extender nuestras exhalaciones, podemos disminuir nuestra frecuencia cardíaca y reducir la secreción de la hormona del estrés cortisol en nuestro cuerpo. Suspirar en voz alta también puede ayudar a aliviar la situación.

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A continuación, podemos localizar «sensaciones seguras» para alejar nuestra atención del pánico y de nuestra búsqueda de amenazas externas. Podemos hacer esto apretando los dedos de los pies o sosteniendo firmemente las rótulas con las manos, escudriñando nuestro entorno en busca de una cara amigable u objeto hermoso, o contando todo de un color en particular. Entonces podemos cambiar nuestra atención de un lado a otro del latido de nuestro corazón palpitante y de nuestra vigilancia a las sensaciones seguras.

A medida que el latido del corazón se desacelera, podemos cerrar los ojos y recordar a un amigo o a un ser angelical imaginario que nos ve en apuros y nos ofrece compasión (este último se basa en la práctica de devanusati del Buda, o la visualización de espíritus sobrenaturales protectores). Deberíamos hacer contacto visual con este benefactor para aprovechar el estado de «descanso y digestión» de nuestro sistema nervioso parasimpático (lo opuesto a «pelear o huir»). En esta práctica, me gusta repetir la frase «te amo, sigue adelante, o puedo estar libre de estrés y sufrimiento y vivir con facilidad».

Apéguese a ella; cuando se activa el pánico o la ansiedad, puede tomar de 10 a 15 minutos de práctica diligente para restaurar la facilidad y la seguridad.

Finalmente, necesitamos ser conscientes de que a menos que consigamos apoyo, los factores desencadenantes continuarán interrumpiéndonos y perturbando nuestra vida, lo cual ya es un reto suficiente, ¡sin ataques de pánico repentinos! Afortunadamente, podemos continuar sanando con la ayuda de un grupo de apoyo y/o terapeuta experimentado en el tratamiento del TEPT. Cuando busquemos ayuda, encontraremos un camino de regreso a la seguridad.

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