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Muchas veces lo que queremos hacer con nuestras emociones es controlarlas y en medio del control nace la negación, la resistencia y esto no hace más que generarnos sufrimiento. Las emociones son la reacción de nuestro cuerpo a nuestros pensamientos, lo cual es de extrema utilidad para saber por dónde va nuestra onda de pensamiento.

Si sentimos emociones desagradables, debemos revisar nuestros pensamientos, ya que seguramente estaremos alimentando los que nos generan incomodidad, que nos hacen sentir mal, por lo que sin hacer mayor resistencia debemos permitir que esos pensamientos fluyan sin enfocarnos plenamente en ellos.

Lo mismo pasa con las emociones, las emociones también son producto de nuestra mente, por lo que operan de manera similar a nuestros pensamientos y están profundamente relacionados, si le doy mucha fuerza a una emoción, ésta se expandirá, se hará cada vez más notoria, sea positiva o negativa y también bajo el mismo esquema, traerá a nuestro cuerpo más sensaciones del mismo estilo o con la misma connotación.

Lo mejor que podemos hacer con nuestras emociones no es reprimirlas o controlarlas, es sencillamente dejarlas fluir, sentirlas, reconociendo su presencia, percibiendo las sensaciones y sin luchar contra ellas, de la misma manera que las hemos dejado entrar, dejarlas salir.

Tomemos las emociones como visitantes, algunos más queridos, otros que normalmente evitaríamos, pero que por educación dejamos pasar. Suena un poco descabellado pero si tenemos claro que las emociones no nos harán daño por sí mismas, es como si alguien poco deseado entrara a nuestra casa con la plena confianza de que cómo entró, saldrá, sin hacer mucho aspaviento.

Si les negamos la entrada nos tumbarán la puerta, estarán permanentemente tocando mientras nosotros estamos del otro lado colocando obstáculos para que no entren, pasando doble llave, vigilando por las ventanas; también si entran y los agarramos a empujones hasta la puerta, los perseguimos, gritamos y nos desesperamos por tenerlos allí, generarán en nosotros un desgaste de energía y una atención que no merecen.

Dejemos la puerta abierta, que entre y salga lo necesario, sin impactarnos mucho, si sentimos tristeza, reconozcamos su presencia y sin prestarle mayor atención, se irá, si estamos ansiosos, lo mismo, ya pasará si no le damos protagonismo. No alimentemos nuestros miedos, ni nuestras angustias, no caigamos en el juego desgastante del control y la supresión. Las emociones son nuestras aliadas y nos ayudan a orientar nuestros pensamientos, démosle el reconocimiento que merecen y la cabida necesaria en nuestras vidas, esto nos permite sentir, conocernos y fluir con la vida.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet


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