Diez preguntas y respuestas sobre la Sanación Psíquica

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El cerebro humano es una poderosa herramienta. Así lo asegura Enrique de Vicente en su nuevo libro Los poderes ocultos de la mente, en el cual se exponen diversas investigaciones que demuestran cómo incluso sirve para curar.

Por qué la gente acude a los curanderos? Hoy, pese a sus gloriosos triunfos sobre la muerte y a sus avances continuos, la reputación intocable de la medicina oficial ha comenzado a cuestionarse. Por un lado, ésta parece cada vez más deshumanizada, masificada, tecnificada y especializada.

Por otro, las propias autoridades sanitarias reconocen que un tercio de los problemas a los que se enfrentan son consecuencia de las actuaciones médicas o del uso de tratamientos agresivos.

Esto se debe al empeño de dividir al paciente en “pedacitos”, según las diversas especialidades, en lugar de considerarle como una unidad orgánica cuyas distintas funciones están perfectamente interrelacionadas.

Sin embargo, mientras la medicina parece haber olvidado la unidad psicofísica del enfermo y perdido la calidez humana que caracterizaba a los antiguos médicos de familia, los curanderos suplen esa carencia emocional existente en las relaciones médico-paciente.

Si bien el número creciente de enfermos a los que tienen que atender muchos sanadores amenaza con deteriorar este trato personalizado, los antropólogos reconocen que estos individuos aún conservan el prestigio mágico que caracteriza a los chamanes, tanto mayor cuanto más inculto y primitivo es el público que acude a ellos.

Cuanto menos, son los “catalizadores” de profundos mecanismos de autocuración que pueden acelerar un proceso psicosomático que permite recuperarse al enfermo.

¿Cómo distinguir a un buen sanador?

Desde luego, no faltan los embaucadores y megalómanos. Pero es muy difícil distinguirlos de los honestos y equilibrados, ya que su carisma personal o sus buenas artes frecuentemente atraen hasta ellos a multitud de fieles incondicionales.

Se diferencian de los “auténticos”, entre otras cosas porque suelen cobrar tarifas exageradas, prolongar excesivamente sus tratamientos, mostrar gran propensión a buscar publicidad, rodearse de una atmósfera mágica y atribuirse cualidades sobrenaturales o títulos extravagantes, añadidos que resultan innecesarios para los buenos sanadores.

Aunque también es cierto que la mesura y el sentido común no son cualidades que abunden en este gremio, por lo cual ninguna de las citadas características excluye que pueda tratarse de un curandero eficaz.

Un “buen” sanador es consciente de sus limitaciones, altibajos y de los numerosos factores que influyen en el proceso de la curación; no se considera infalible ni todopoderoso, por lo que no pretende curar todo tipo de enfermedades ni a todas las personas que acuden a él; no necesita recurrir a medicamentos ni rituales extravagantes; y, ante todo, debe dar muestras de amor y entrega. ¿Acaso no es pedir demasiado?

¿Qué enfermedades son capaces de “curar”?

La mayoría de los científicos que han estudiado este fenómeno con objetividad están convencidos de que curan realmente las dolencias imaginarias, neuróticas o las de carácter psicosomático, asegurando que se trata de desordenes funcionales e incluyen hoy entre aquellas las tres cuartas partes de los trastornos de la salud, sosteniendo que tienen su raíz en conflictos emocionales, en el estrés, la ansiedad o la depresión, algo hacia lo que apuntan diversas investigaciones.

Hay quienes piensan que si la mayor parte de las perturbaciones físicas son consecuencia de un malestar emocional, para recuperar la salud basta con cambiar la actitud ante la vida. Otros estudiosos del tema prefieren hablar de sugestión, fe y deseo de ser curado.

Ejemplos de hasta qué punto la sugestión es capaz de activar la capacidad autocurativa de nuestro organismo, son algunas asombrosas curaciones logradas mediante hipnosis o a través del efecto placebo.

El importante papel jugado por la autosugestión en este proceso es descubierto en los años veinte por Émile Coué. Al comprobar que algunos enfermos se recuperan tras tomar un nuevo medicamento que resulta ser sólo agua coloreada, este químico se dedica a estudiar la hipnoterapia y comprende que la clave está en activar adecuadamente la imaginación del paciente.

Sus ideas se sintetizan en una mantra o conjuro psicológico para atraer la salud y el bienestar que le hizo famoso: “Todos los días, en todos los sentidos, me siento mejor y mejor”.

Cuánto tiene que ver con este poder autosanador de nuestro psiquismo, capaz de activar nuestras endorfinas para aliviar el dolor o de lograr que nuestro sistema inmunitario combata eficazmente la enfermedad, es hoy objeto de estudio de una nueva ciencia: la psico-inmuno-neurología.

¿Hay casos que desafían las interpretaciones sugestológicas?

Se conocen algunas curaciones “instantáneas” que implicaban reconstrucciones de tejidos o regeneración parcial de órganos, y que no fueron seguidas de convalecencia ni recaída.

Diversas evidencias –desde las aportadas por el biofeedback hasta las asombrosas remisiones de procesos cancerígenos terminales en pacientes que mostraron grandes deseos de vivir– parecen indicar que existe en el ser humano una asombrosa capacidad autocurativa y regenerativa, similar a la de muchos animales.

El sanador podría activarla en algunos casos, al igual que el propio paciente. De hecho, las investigaciones realizadas por los profesores Heiss, Moser y Van Lennep, indican que las curaciones psíquicas suelen producirse cuando existen profundas afinidades psicológicas entre sanador y paciente.

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Lo extremadamente difícil que resulta confirmar si una curación se debe a causas ajenas a nuestro entendimiento queda ilustrado por la investigación que el psiquiatra y parapsicólogo D. J. West ha realizado sobre once de los mejores casos de sanación en el santuario de Lourdes, que han sido autentificados como milagrosos por la Iglesia, después de ser cuidadosamente verificados por las autoridades médicas.

Tras un análisis crítico de los mismos, demuestra que en ninguno de éstos –cuya naturaleza extraordinaria apoyan muchos médicos– se posee información suficiente sobre la situación exacta de los enfermos antes y después de la curación, ni evidencias científicas suficientes de que se trataba de enfermedades auténticamente orgánicas y que justifiquen su carácter prodigioso.

¿Está científicamente demostrado el efecto curativo de las manos?

Las curaciones de niños pequeños y de animales logradas por sanadores difícilmente pueden atribuirse a la sugestión. Pero el bioquímico canadiense Bernard Grad decide ir más lejos.

Él comienza sus experimentos sobre la capacidad curativa de las manos humanas pidiendo a varios estudiantes que impongan éstas a un grupo de ratas a las que ha provocado incisiones cutáneas similares.

Y descubre que los tejidos de estos animalitos se regeneran antes que los de otras ratas sobre las que no se ejerce influencia alguna. Animado por estos resultados, pide a dos jóvenes, uno de naturaleza alegre y otro deprimido, que sostengan entre sus manos dos recipientes de agua común. Utiliza luego cada uno de estos para regar dos plantas.

La nutrida con el agua “depresiva” enferma, mientras que la irrigada con el otro líquido crece más rápidamente que otras rociadas con idénticas cantidades de agua corriente. Repite esta prueba varias veces, observando resultados similares. Las críticas que recibe de sus colegas cuando publica los resultados de sus investigaciones no logran desanimarle.

Por el contrario, emprende una larga serie de experiencias con plantas y animales, con la colaboración del fisiólogo R. J. Cadoret y el matemático G. I. Paul. Para ello cuenta con diversos voluntarios, entre los que destaca el sanador Oskar Estebany, un coronel jubilado de la caballería húngara que ha curado a miles de personas que padecían las más diversas enfermedades, muchas de ellas desahuciadas por los médicos.

Repiten con él la anterior experiencia, valiéndose de cuarenta y ocho ratones de idéntica edad y raza. Cortan un trozo de piel de sus lomos, calcan sus heridas en papel y los reparten en tres jaulas. Confían la primera a Estebany, a quien piden que la sostenga con una mano mientras pone la otra sobre la misma durante quince minutos, sin tocarla, dos veces al día.

El grupo encerrado en la segunda jaula recibe el calor equivalente al emitido por las manos de Estebany, por medios artificiales. Abandonan el tercero a su suerte, para que sirva como grupo de control.

Al cabo de dos semanas, los investigadores comprueban que las heridas de los roedores tratados por las manos del curandero se han reducido considerablemente en comparación con los otros grupos, y hay menos de una probabilidad entre mil de que tales diferencias se deban al azar.

Durante una conferencia pronunciada por Grad, la bioquímica Justa Smith le desafía, argumentando que si las manos de Estebany tienen semejante capacidad, deben ejercer una influencia sobre la actividad enzimático humana.

Basa esta suposición en que la causa física de cualquier enfermedad es una deficiencia situada en el nivel de las enzimas, moléculas proteínicas producidas por las células que catalizan las reacciones bioquímicas relacionadas con numerosas actividades vitales.

Por ello, la curación psíquica debería producirse en este nivel, acelerando las reacciones químicas de algunas enzimas celulares y retrasando las de otras. Después de que la actitud colaboradora de Grad y Estebany hagan mella en su escepticismo inicial, esta monja franciscana consigue una beca para realizar sus investigaciones.

¿Actúan los sanadores sobre las enzimas del organismo?

La Dra. Smith vierte en tubos de ensayo herméticamente cerrados disoluciones de tripsina, una enzima que produce el páncreas. Pide entonces al sanador que coloque sus manos sobre uno de estos recipientes.

Comprueba así que –efectivamente– las reacciones de las cadenas enzimáticas tratadas por este procedimiento se aceleran, en comparación con las de los recipientes que no han sido tocados por Estebany.

Grad le recuerda que los sanadores no tratan precisamente a personas sanas, por lo que le sugiere dañar la estructura molecular de la tripsina. Para ello, Smith la expone a una irradiación ultravioleta, antes de someterla a las manos del curandero.

Mediante análisis espectrofotométricos comprueba que aquellas son capaces de restablecer la estructura molecular de las enzimas dañadas.

Cuando analizan los complejos resultados del experimento, observan que el efecto de las manos de Estebany sobre la tripsina es similar al observado en la contenida en tubos sometidos a un potente campo magnético –de 13.000 gauss–, sin que resulte posible detectar que el sanador emita un campo magnético o cualquier otra fuerza física conocida.

 

¿Qué misteriosa inteligencia se esconde en la energía curativa?

Sucesivos ensayos realizados por Smith con distintos curanderos confirman estos resultados. Lo más asombroso es que ninguno de ellos conoce previamente el tipo de enzimas sobre las que trabaja, ni si resulta adecuado acelerar o retrasar las reacciones químicas de las mismas, y sin embargo todos producen en cada caso los efectos más adecuados para el equilibrio orgánico.

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La Dra. Smith deduce de esto que “la energía curativa implicada en este proceso es selectiva en sus efectos sobre las reacciones específicas del cuerpo”. Opina que la enfermedad es el resultado de una mala adaptación del organismo al medio ambiente, adaptación que es mejorada por la acción de los sanadores, quienes parecen crear las circunstancias propicias para que el cuerpo active sus mecanismos de autocuración.

Estas experiencias sugieren que existe una misteriosa interconexión o intercambio de información entre las manos de algunos curanderos y las sustancias tratadas, algo no atribuible a ningún factor de tipo sugestivo-psicosomático.

¿Cuáles son los efectos de la sanación a distancia?

Para comprobar la efectividad de la misma, el Dr. Robert Millar ha trabajado con el ya fallecido ingeniero Ambrose Worral y su esposa Olga, doctora en filosofía. Éstos afirman haber descubierto sus dones de videncia y curación durante su infancia, mucho antes de conocerse, y son muy apreciados por médicos e investigadores debido a su actitud abierta y desmitificadora.

Mediante sus “oraciones”, consistentes en visualizar aquello que intentan conseguir, durante una sola noche los Worrall aceleran en un 800% la velocidad de crecimiento de una semilla de césped situada a mil kilómetros de su casa.

Los doctores Norman Shealy y Elmer Green piden a la señora Worrall que se concentre durante cinco minutos sobre cada uno de los doce pacientes afectados por dolores crónicos, a los que sitúan en otra habitación.

Van conectándolos a un monitor fisiológico, sin informales del objeto de la experiencia. Observan así en cuatro de los enfermos una respuesta fisiológica que se manifiesta mediante modificaciones de sus ondas cerebrales, de los ritmos cardíaco y respiratorio y de la temperatura y conductividad eléctrica de la piel.

Dos días después de la experiencia, uno de los voluntarios que había soportado intensos dolores durante veintisiete años, comienza a mejorar considerablemente y no vuelve a padecerlos. Otro, cuyos sufrimientos no habían logrado ser atajados por sucesivas operaciones, logra liberarse de los mismos durante la semana posterior a la prueba.

¿Es posible aprender las técnicas de sanación?

La técnica que cuenta con mayor número de practicantes y reconocimiento internacional es la desarrollada por la Dra. Dolores Krieger. Todo comienza cuando ésta descubre un aumento considerable en los niveles de hemoglobina y del contenido de oxígeno en los glóbulos rojos de diecinueve personas tratadas por Estebany, al compararlos con los de otros pacientes que no han recibido tratamiento similar.

Esto le recuerda que los hindúes atribuyen las enfermedades a una ausencia de prana, esa energía universal de la que nos nutrimos mediante la respiración y que los sanadores serían capaces de canalizar.

Krieger sospecha que todos podemos curar mediante la imposición de manos, y que esta práctica puede contribuir a que las enfermeras recuperen algo de calor humano del que le ha desprovisto la racionalización de su trabajo.

Aprende a sentir distintos tipos de respuesta en los pacientes sobre los que impone sus manos y a establecer una comunicación intensa con ellos. Sintetizando toda su experiencia, desarrolla un método propio, el toque terapéutico (TT), que durante los últimos veinte años ha venido enseñándose en más de ochenta centros universitarios norteamericanos y en otros setenta países.

Comienza a entrenar en esta técnica a las enfermeras y posteriormente a todo tipo de profesionales sanitarios y demás interesados. Para muchos de ellos, el TT se ha convertido en un eficaz auxiliar en el tratamiento de las más diversas dolencias y trastornos.

Krieger sostiene que todos podemos aprender a sentir la energía propia y ajena, a recogerla en los distintos centros vitales de nuestro cuerpo –o chakras– y a transmitirla a otros.

Para ello basta con juntar y separar lentamente las manos varias veces, sin que éstas se toquen y hasta una distancia que aumentará progresivamente de cinco a veinte centímetros, hasta familiarizarnos con la presión de nuestro campo energético.

Luego basta con relajarse, concentrarse y mover lentamente las manos en torno al cuerpo del paciente, a unos cinco centímetros de distancia del mismo, buscando sensaciones distintas –de calor, frío, pulsaciones u otras– que nos indiquen los lugares donde está bloqueada la energía. Se colocan entonces sobre esta zona para descongestionarla y luego se envía energía hacia la misma.

Sin embargo, cuanto hasta aquí hemos expuesto ilustra suficientemente un hecho: la posibilidad de utilizar los poderes de nuestra mente para poner en marcha los procesos autocurativos del cuerpo –propio y ajeno– están teóricamente al alcance de todos. Depende básicamente de nuestra fe, deseo de curar y estado psíquico.

Claro está que, como ocurre con cualquier otra potencialidad humana, algunos nacen con una mayor predisposición para ejercer la sanación, mientras todos podemos desarrollarla, en mayor o menor medida. Todos podemos curar.

 

Autor del Articulo: Enrique de Vicente

 

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