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Grande como el Everest, volcánico como el Vesubio, suave como la puesta del sol, delicado como el rocío, sublime como la divinidad: el amor.

Cuatro letras pequeñitas, pero del tamaño del mundo.

Amor, la religión en una palabra.

Amor, la razón de ser de la vida.

Amor, esencia de la criatura humana.

Amor, sinónimo de felicidad.

Si no tuvieres amor en tu corazón, búscalo dondequiera que esté, bajo pena de descender a la categoría del reino mineral.

Búscalo en el cielo, en las flores, en el poniente, en el claro de luna, en las preces, en otro corazón, en la fuente cristalina, en el niño, en la madre, en la juventud.

Búscalo sin cesar.

Un día, tal vez, descubrirás que el hábitat del amor es el corazón.

Ardiente, o tranquilo, o adormecido, o expansivo, o sensible, o delicado, o enfermo, o explosivo, o muerto, o bajo cualquier otra forma, él está allí, en el corazón de cada uno.

Observa, el mundo es aquello que fuere el amor en tu corazón.

Si tu corazón estuviera vacío, el mundo sería, para ti, un desierto.

Si el amor ilumina tu corazón, el mundo es bello, fascinante y feliz.

Y tú también.

 

Lauro Trevisan

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