Un llamado a tu corazón- Dalai lama

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La compasión es uno de los principales factores que darán sentido a nuestra vida. Es la fuente de toda felicidad y alegría duraderas, y es el fundamento necesario para tener buen corazón, el corazón de las personas que actúan movidas por el deseo de ayudar a los demás.
No es éste un asunto para elaborar complicadas teorías: es un asunto de elemental sentido común. Es innegable que la consideración hacia los demás realmente vale la pena. Es innegable que nuestra felicidad está indisolublemente unida a la felicidad de los demás. Es asimismo innegable que si la sociedad sufre, nosotros también sufrimos. Y también es de todo punto innegable que, cuanto más afligido se halle nuestro corazón y nuestro espíritu, más separados nos sentiremos.

En este sentido, no es necesario un templo o una iglesia, una mezquita o una sinagoga; no hay necesidad ninguna de una filosofía complicada, de una doctrina o un dogma. El templo ha de ser nuestro propio corazón, nuestro espíritu y nuestra consciencia.
El amor por los demás y el respeto por sus derechos y su dignidad, al margen de quiénes sean y de qué puedan ser, es esto lo que todos necesitamos. En la medida en que practiquemos estas verdades en nuestra vida cotidiana, poco importa que seamos cultos o incultos, que creamos en Dios o en el Buda, que seamos fieles a una religión u otra, o de ninguna en absoluto. En la medida en que tengamos compasión por los demás y nos conduzcamos con el debido respeto, a partir de nuestro sentido de la responsabilidad, no cabe duda de que seremos felices.

Así pues, si es tan sencillo ser feliz, ¿Por qué nos resulta tan difícil?
Por desgracia, aunque la mayoría nos consideramos personas compasivas, tendemos a ignorar estas verdades que son de sentido común, o bien a olvidarlas. Nos descuidamos a la hora de hacer frente a nuestros pensamientos y emociones negativas.
Al contrario que el agricultor, que se pliega al paso de las estaciones y no duda en cultivar la tierra cuando llega el momento propicio, nosotros perdemos mucho tiempo en actividades que no tienen el menor sentido. Sentimos un hondo pesar por asuntos tan triviales como es perder dinero, al tiempo que nos abstenemos de hacer lo que realmente tiene importancia.
En vez de regocijarnos en la oportunidad que se nos puede presentar para contribuir al bienestar de los demás, nos limitamos a aprovecharnos de los placeres cada vez que nos resulta posible. Corremos de un lado a otro, hacemos cálculos y llamadas telefónicas, pensamos que tal cosa sería mejor que tal otra.
Nos consideramos inteligentes, pero ¿de qué manera utilizamos nuestras capacidades?

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Y lo cierto es que la satisfacción duradera no se puede extraer de la adquisición de ningún objeto. Poco importa cuántos amigos podamos tener, que no serán ellos quienes nos hagan felices.

Por lo tanto, con las dos manos entrelazadas, apelo a ti, lector, para que te asegures de hacer que el resto de tu vida esté tan cargada de sentido como te sea posible.
Consiste, nada más y nada menos, que en poner en práctica tu compasión por los demás. Y siempre y cuando lleves a cabo esta práctica con sinceridad y perseverancia, poco a poco, paso a paso, serás capaz de derribar tus hábitos, actitudes y tus estrechas preocupaciones. Al hacerlo así, descubrirás que disfrutas de paz y felicidad.

Renuncia a tus envidias, olvida tu deseo de triunfar por encima de los demás. Con amabilidad, con valentía, acoge a los demás con una sonrisa. Sé claro y directo. Y procura ser imparcial. Trata a todo el mundo como tus hermanos. Todo esto no te lo digo en calidad de Dalai Lama, ni por ser una persona dotada de poderes especiales. No los tengo. Te hablo solamente como un ser humano; como alguien que, igual que tú, desea ser feliz y abandonar el sufrimiento.

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Piensa en el mundo tal como se ve desde el espacio, tan pequeño e insignificante y, sin embargo, tan bello. ¿No es preferible, relajarnos y disfrutar en calma? Por lo tanto, si en pleno disfrute del mundo dispones de un momento, trata de ayudar a los más desfavorecidos y a los que, por la razón que sea, no se bastan por sí solos. Procura no dar la espalda a los que tienen una apariencia exterior turbadora. No los consideres nunca inferiores a ti. Trata de no tenerte por mejor que otros seres. Cuando estés en la tumba, serás como ellos.

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Dalai Lama.
Extractos de: “El arte de vivir en el nuevo milenio”

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