La forma en que hablamos continuamente acerca de nuestras
incapacidades es un insulto a nuestro Creador. Quejarnos de nuestra
incompetencia es acusar falsamente a Dios de habernos ignorado.
Adquiere el hábito de examinar las cosas que suenan tan humildes a
los hombres desde la perspectiva de Dios y quedarás asombrado de lo
inapropiadas y poco respetuosas que son para Él.
Decimos cosas como "No debería pretender alcanzar la santificación;
no soy un santo". Pero decir esto delante de Dios implica el
decirle, "Señor, no estoy seguro de que puedas salvarme y
santificarme". "Hay tantas imperfecciones en mi mente y en mi
cuerpo; tantas oportunidades perdidas… no, Señor, es imposible".
Esto puede sonar maravillosamente humilde a otros, pero para Dios es
una actitud de desafío.
A la inversa, las cosas que suenan humildes para Dios, pueden
aparentar exactamente lo contrario ante los hombres.
Decir: "Gracias Señor; se que soy salvo y santificado", es a los
ojos de Dios la más pura expresión de humildad, significa que te has
entregado a Él de un modo tan completo que tienes la certeza de que
es veraz.
No te preocupes de si lo que dices suena humilde a los ojos de los
demás o no. Pero se siempre humilde delante de Dios, y deja que Él
sea tu todo… en todo.
Hay sólo una relación que verdaderamente importa, y es tu relación
personal con tu Redentor y Señor personal. Si la matienes a toda
costa, dejando que todo lo demás se desvanesca, Dios cumplirá su
propósito por medio de tu vida.
Una sola vida puede ser de un valor sin precio para los propósitos de
Dios, y esa vida es la tuya!.

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