No permito que nadie abuse de mí, que nadie me menosprecie, que nadie me insulte, que me falten al respeto

En mi opinión, casi todos sentimos a menudo la impresión de que eso de conformarse con las cosas que nos suceden que no son de nuestro agrado, y nos las hacen o nos las ocasionan los otros, es algo que recibimos y aceptamos de un modo inadecuado. Con resignación. O con demasiada resignación.

En demasiadas ocasiones renunciamos a nuestros derechos permitiendo que nos sean arrebatados o que no sean respetados, y, en un acto mal entendido de bondad y concordia, nos callamos y los damos por perdidos.

Hay algo que nos han explicado mal -o sobre lo que no hemos reflexionado lo suficientemente bien-, y es permitir que nos avasallen –a nosotros y a nuestros derechos-, que nos menosprecien, que los otros antepongan sus deseos e intereses a los nuestros, y que nos dejen la nada más desagradable para nosotros.

La asertividad, que es defender nuestros derechos legítimos sin gritos ni amenazas, de un modo firme e irrenunciable, ha de ser nuestra aliada en estos casos.

Nadie debería arrebatarnos lo que nos corresponde, y no reclamarlo es una afrenta propia a nuestra dignidad y un desprecio a nuestros principios.

Pero hay otro modo de quedarnos sin nuestros derechos, y es cuando aun sabiendo que tenemos la potestad de recibir algo, de poseer o disfrutar algo, no hacemos lo necesario por acceder a ello, y lo dejamos pasar camino al sitio de las cosas irrealizadas.

La modestia mal entendida es un hándicap innecesario, y el convencimiento de que no tenemos derecho a que nos pasen cosas buenas es un error que nos penaliza con la falta de lo que sí nos merecemos.

Hemos de tener mucho cuidado y comprender exactamente lo que es la modestia, el conformismo, la rendición sin oposición, la resignación callada ante lo que nos suceda, la sumisión vencida, la pasividad inerte, o la docilidad borrega, porque todo ello, si no lo interpretamos correctamente y renunciamos a lo que nos corresponde, nos puede llevar a una situación inmerecida e innecesaria de ser injustamente perdedores, y llevarnos al infortunio o a la frustración directamente y sin necesidad.

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No permito que nadie abuse de mí, que nadie me menosprecie, que nadie me insulte, que me falten al respeto 1
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Todos tenemos derechos y todos tenemos el privilegio de la dignidad. Y derecho a que los respeten.

La asertividad es nuestra aliada. Todos tenemos derecho a expresar nuestras opiniones, a defendernos cuando nos sentimos atacados, a reclamar lo que es nuestro, a enfrentarnos a nuestros ofensores, y a preservarnos de cualquier daño, peligro o agravio.

Y tenemos no solamente el derecho, sino también la obligación de hacer que se dignifique nuestro honor, que se considere nuestra respetabilidad, y que no abusen ni tengamos que sentirnos humillados por el mal trato o por la falta de respeto de los otros.

Defiendo a ultranza el respeto –de mi parte hacia los otros y de los otros hacia mí- y exijo que se le aplique a mi dignidad el honor que se merece.

No permito que nadie me avasalle, que nadie abuse de mí, que nadie me menosprecie, que nadie me insulte, que me falten al respeto.

Soy una persona íntegra, como lo somos casi todos, y eso merece un trato honesto y justo por parte de los otros. Y es tarea de cada uno hacérselo saber a quienes no lo hagan bien.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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“Oír o leer sin reflexionar es una tarea inútil”. (Confucio)

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