El llegar a los 40 años para la mayoría de las mujeres representa una nueva etapa de vida, en donde se comienza a dejar la juventud atrás. Donde se asocia la edad con un deterioro físico acompañado de uno moral, como consecuencia del efecto psicológico al ver que las cosas que no han comenzado a caerse, pues comienzan, la lozanía se va perdiendo, la grasa comienza a ocupar lugares inexplorados anteriormente y se puede visualizar la menopausia a una distancia mucho más corta.

Todo esto puede atemorizar un tanto, el sentir que perdemos cualidades de conquista, que lo que de alguna manera nos ha facilitado la vida ahora quedará en un segundo plano, puede no agradarnos tanto. Quizás no nos apasiona la idea de meternos en un gimnasio para contrarrestar el efecto del paso del tiempo y darle a nuestro cuerpo una prórroga con respecto a su proyección.

Pero más allá de los cambios que se pueden o no apreciar físicamente, el paso del tiempo viene acompañado de un cambio de actitud, propia de la experiencia de vida, propia de haber pasado por mucho y saber que se tiene aún mucho más para dar.

La realidad es que una mujer al llegar a los 40 se empodera de su vida como no lo hizo nunca hasta ese momento, sus prioridades están claras, sabe cuánto tiempo invertir y sabe cuándo sus esfuerzos han sido suficientes.

A los 40 mis miedos se transformaron en seguridad
A los 40 mis miedos se transformaron en seguridad

Se mira al espejo y se dice con total propiedad: No fue tan malo llegar a los 40, mi cuerpo ha sido muy amable conmigo, incluso si no le he dado el mejor cuidado… y esas pequeñas líneas de expresión, no me opacan, por el contrario, no son más que el reflejo de que he aprovechado cada uno de mis momentos y lo seguiré haciendo… Ahora es que tengo vida, tengo la juventud necesaria para hacer uso de todo lo que he aprendido.

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Éste es el momento perfecto para cerrar esos ciclos que me tenían atrapada, es el momento de recomenzar. Sé lo que quiero y más claro aún: sé lo que no quiero y lo mejor de todo, ya no me da miedo decirlo, no siento pena, no siento remordimientos. Ya no me impresiono con las mismas cosas, quizás lo más sencillo es ahora para mí lo más importante. Sé que dejé pasar momentos que no volverán, que viví muchas cosas sin darme cuenta y que muchas veces mi cuerpo y mi mente no estaban en los mismos sitios… Pero ahora puedo vivir el presente sin que mis pensamientos estén retozando en el pasado o adelantándose al futuro.

Esta es mi vida y no voy a hacer algo diferente a lo que me haga feliz, me dedicaré el tiempo que yo quiera, estaré para mí, para atenderme y cuidarme. He estado para todos y no me arrepiento, incluso cuando no he recibido ni un “gracias” de vuelta, pero ahora es tiempo de dedicarle a mi vida la atención que merece.

Estoy en el principio de mi edad madura, en una segunda etapa que no desperdiciaré en discusiones inútiles, ni pelearé por la razón, no celaré a nadie, porque entre otras cosas, tengo claro que todo el mundo está donde quiere estar y justo ahora, lo aplicaré a mi vida.

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No solo no fue malo, sino por el contrario, estoy orgullosa de verme, de reconocer la gallardía con la que he afrontado mis batallas, de ver mis cicatrices y otras heridas aún en proceso de sanación… No he hecho exactamente lo que he querido, pero mis decisiones me han llevado a lo que soy hoy y sé que ahora el espacio que ocupaban mis miedos, están repletos de seguridad, de fe y de agradecimiento por lo vivido y lo que me falta por vivir.

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Y resultó que al llegar a los 40 mis miedos se transformaron en seguridad por Sara Espejo – Rincón del Tibet

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