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Todo empieza con una mirada

mirada

El futuro siempre tiene una gran parte de incertidumbre, es verdad. Todo puede suceder. Así pues, en previsión de los accidentes de la vida, se han creado lo que se llama «seguros».

No puedo decir que los seguros sean algo malo, pero han desarrollado en la gente una tendencia a creer que pueden poner a salvo todo lo que tienen. Así que, aunque no estén atentos, aunque sean imprudentes, no es grave, ¡para eso están los seguros! Y mientras aseguran su casa, su coche, sus joyas, y algunos hasta sus piernas o sus manos, se olvidan de cultivar sus cualidades más preciosas: la atención, la vigilancia, el sentido de las responsabilidades, y todo aquello que hace la riqueza de su alma y de su espíritu. Pero no son conscientes de ello. Por eso reciben lecciones, porque en la tierra nada está asegurado. Ningún seguro va a compensar lo que pierden siendo débiles, negligentes, perezosos.

El cuerpo del hombre no es el hombre mismo, sólo es su casa, su instrumento, su medio de transporte, un caballo, un coche… Al hombre verdadero, hay que buscarlo en el espíritu omnisciente, todopoderoso, que no conoce ningún límite. Por esta razón sólo podemos ser verdaderamente inmortales si llegamos a identificarnos con nuestro espíritu.

Todo lo que existe abajo, en el mundo material, físico, tiene su origen arriba, en el mundo del espíritu. Las piedras, las plantas, los animales, los hombres, han existido arriba primero antes de descender a encarnarse aquí abajo. La materia física no es otra cosa que una condensación del espíritu. El espíritu está en el origen de todo el mundo creado, por eso es esencial para el ser humano tener esta filosofía de la primacía del espíritu: sólo así puede progresar.

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¡Cuántas veces el amor entre dos seres empieza con el intercambio de una mirada! Se encuentran, y a través de esta primera mirada que se dirigen, experimentan un gozo puro como si bebiesen el agua cristalina que desciende de las cimas. Después, como quieren acercarse y hacer otros intercambios, las cosas empiezan a complicarse y a oscurecerse. No hay mejores intercambios que los que hacemos con la mirada. Diréis que es imposible contentarse con miradas. Sí, claro, la mayoría de las aventuras amorosas de los humanos están ahí para subrayarlo. Pero ¿acaso los hombres y las mujeres no recuerdan con nostalgia las primeras miradas que intercambiaron, todo ese mundo infinitamente poético que, en ese instante, se descubría ante ellos?

Omraam Mikhaël Aïvanhov

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