Creo que la primera vez que me auto-denominé “puta” fue a los dieciocho años. La primera vez que alguien me llamó así fue a los quince, cuando salí a comprar algo a la tienda de la esquina, y un desconocido me empujó contra la pared y tocó mi cuerpo como si fuese el suyo. Pasó sus manos por mi pecho, mi cintura, mis genitales, mis piernas, por mi alma de niña y después salió corriendo. Cuando volví a casa, a un hogar que acató con ignorancia las normas sociales impuestas, me dijeron que había sido mi culpa. Que al vestirme así, con una blusa que apenas mostraba mi ombligo, yo provocaba al deseo y al abuso. Entonces crecí de golpe.

Después yo sola comencé a meterme el cuento en la cabeza de que en realidad quizás sí lo era, después de todo mi madre al haber descubierto en mi diario que a mis dieciséis años ya no era virgen, me llamó así y en forma de un secreto a voces mi familia lo aplaudió. Porque en ese momento yo acababa de romper con una normativa silenciosa y tajantemente establecida desde el inicio de mis tiempos: Ser una mujer silenciada, pura, educada, sumisa y pendeja.

Parecía que la única que se iba quedando atrás era yo, en el colegio todas mis compañeras tenían el privilegio de besar la boca que se propusieran, de ser elegidas. A mis trece años era una niña confundida, recién había dejado de creer en los reyes magos, todavía algunas tardes me gustaba jugar a las muñecas y ni siquiera me había llegado la menstruación. Fue entonces que comencé a sentir el desasosiego de un hogar roto con un padre ausente y una madre depresiva, de una niña que no se sintió aprobada, comprendida y que, quizás, en algunos momentos no se sintió amada.

Y eso se reflejaba en una realidad llena de violencia en donde siempre fui el centro de burlas.  Me convertí en un basurero que recibía injustamente cualquier palabra y humillación cargada de una negatividad escandalosa que me hacían esconderme en mi capullo. Después de todo que te digan ‘puta’ a tan corta edad no es normal, mucho menos sin razón. Por otro lado, siempre fui la más alta de mi clase, desde que tengo memoria  y siempre estuve atestada de miedos. Sin mencionar que mi cuerpo no era voluptuoso, mis orejas eran motivo de burla y mi inseguridad la bandera verde de ataque. Así que cuando terminé la secundaria decidí, realmente me propuse, dejar de ser invisible, dejar de ser humillada, comenzar a ser popular y lo fui sin prudencia.

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No es de extrañarse que al haber crecido en una ciudad tan pequeña como la mía, con un círculo social tan reducido y a la vez tan intenso que juzga y humilla; en un hogar roto y con mi brújula descompuesta, haya buscado encontrar el reconocimiento en cientos de miradas ajenas a la mía. A partir de este momento mi vida comenzó a ir en picada durante muchos años y lo disfrutaba. Disfrutaba estar sumergida en el fango de la autodestrucción, me jactaba de mis victorias sexuales, me reía de la preocupación de unos padres testigos de la perdición de su hija. Me fundí en el alcohol, un años después en las drogas, le fui infiel a uno de los hombres que más me quiso y me descubrió todo el colegio, y hablaron de mi, y me llamaron “puta”, y yo lo celebré, y cuando él me perdonó, yo salí corriendo.

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Arriesgué mi vida cientos de veces manejando a altas horas de la madrugada totalmente borracha, yendo a encontrarme con algún nuevo amante. Dejé que el nombre de “puta” me perteneciera, lo portaba con honor, aunque en mis ratos de soledad lo maldijera entre lágrimas. Mis padres, al ver que me salía de sus manos trataron de controlarme, yo lo único que hacía era culparlos, mentirles, quizás hasta pedía a gritos su mirada, sin entender que ya hacia varios años que las desiciones comenzaban a ser mías y de nadie más. Me fui quedando más sola que nunca.

Lo que vino después, dentro del caos en el que vivía, fue mi mejor actuación. Al querer limpiar mi reputación, de un círculo social que había llegado al punto de inventar que me había marchado del país a abortar, decidí cambiar el rumbo. Y entonces comencé a buscar el amor en un ‘para siempre’ al lado del mejor postor, de cualquiera que me quisiera. Por lo que en lugar de tener amante, tenía novio, pero al dejar que ellos decidieran sí era digna de su amor, conocí la desolación, la tristeza y el vacío en cualquier relación. Hombres ausentes, mi patrón favorito; hombres que nunca se iban a comprometer, que siempre se iban a marchar; hombres que reclamaban enfurecidos las historias y los chismes que acompañaban mi caminar.

Me destruí por completo y después decidí huir, salí corriendo de la ciudad.  El día que me marché, en el aeropuerto pensaba la vez que mi padre preocupado me dijo que sí no dejaba tanta rebeldía tendría que irme del país para que alguien me quisiera de verdad.

Nuevo país, nuevo nombre, nueva historia, estaba completamente limpia de prejuicios ajenos, pero no de los propios. Me sentía liberada del peso familiar, pero no del mío. Salí huyendo y pensando que dejaría un pasado tormentoso atrás, olvidando que cada fantasma se convertiría en un burlón espectador de mis ganas de retractarme de aquella elección de vida.

Una nueva primavera, un nuevo verano, un otoño y otro invierno en un nuevo país fueron una vez más testigos de mis ganas de tapar con alcohol y amaneceres mi realidad. Los fantasmas aparecían con frecuencia en forma de lágrimas y mi alma que me arañaba los domingos por la tarde. Me imploraban que me atreviera a mirarlos y la vida me gritaba que por favor dejara tanto dolor.

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Me lo gritó aquella vez que amanecí con un desconocido, él en mi cama y yo en un rincón sin recordar nada de la noche anterior. Me lo gritó el día que durante una fiesta caí al hospital y un enfermero se quiso sobrepasar. Me lo imploró una noche en la que un novio me dijo que era el peor cáncer que podía existir. Ámate, me decía la vida mientras contemplaba en el espejo a una niña llena de dolor. Ámate, perdónate.

El último golpe fue el más duro y es que abandoné mis sueños por los sueños de un otro al que realmente amé con el alma entera, cuando de pronto, como era de esperarse lo nuestro no funcionó y me encontré sin casa, sin dinero, lejos de mi familia y de frente a las consecuencias de la falta de amor propio. Y es aquí cuando no tuve otra opción más que dejar morir con muchas lágrimas, con un inmenso dolor pero con gran fortaleza, al personaje con el que durante tantos años me identifiqué.

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Hoy saqué de aquel baúl oxidado todos aquellos recuerdos que había decidido borrar, aquellas historias que escondí ¿Culpables? Nadie. La sociedad va a juzgar a cualquiera que se lo permita, hasta que no se den cuenta que cada uno vive un proceso especial; mi familia fue educada, cómo tantas otras, de una forma recta y moral; mis padres me dieron lo que, desde su perspectiva, era lo mejor para mi, me dieron lo que ellos siendo niños recibieron ¿Y yo? Yo hice lo que estaba dentro de mis posibilidades en ese momento. Entonces no, no puedo culpar a nadie, estaba buscando reconocimiento, amor, aceptación y comprensión, estaba pérdida y divagando por el mundo sin un rumbo fijo.

Lo único que puedo hacer es tomar  aquellas partes rotas que decidí guardar hasta el día de hoy y perdonarme. Perdonar aquella vez en la que el sí, le ganó a mis ganas del no. Perdonar el sin sentido de buscar placer sin ni siquiera desear sentirlo. Perdonar los vacíos de aquellas mañanas que me hacían querer dejar de existir, en las que quería desaparecer. Tuve que soltar cada una de las situaciones que me destruyeron, pero sobre todo, dejar ir aquellas creencias auto impuestas sobre el no merecimiento del amor real. Porque sí yo no me hago cargo, sí yo no me doy todo aquello que busqué, y no hablo del amor romántico hablo de una niña completamente herida, no habrá poder humano que me dé lo que yo necesito darme.

Y es que a veces uno necesita perderse infinidad de veces para tener el valor de encontrarse, morir y, con toda la fuerza y belleza, renacer.

Je ne regrette rien.

Escrito por Maca Abarca, tomado de andosintacon.com

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