¿Cómo se manifiesta la gracia divina?

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Cuando vais por la mañana a contemplar la salida del sol, dejaos impregnar por la pureza de la atmósfera, por esa claridad que aparece poco a poco en el horizonte, anunciando la venida de un nuevo día. La vida en la tierra, es verdad, no es más que perpetuos recomienzos. «No hay nada nuevo bajo el sol», decía Salomón en el Eclesiastés, y este eterno volver a empezar le parecía fastidioso. Lo había conocido todo, lo había experimentado todo, poseído todo, y acabó concluyendo que todo eso no era más que «vanidad y persecución del viento.» Sí, quizá no haya nada nuevo bajo el sol, pero ¿por qué permanecer bajo el sol? Si subimos al sol, si entramos en vibración con su corazón, cada día todo nos parecerá nuevo.

¿Quién no se ha sentido entusiasmado alguna vez por la idea del bien, de la verdad, de la belleza? ¡Pero cuán difícil resulta después armonizar sus sentimientos con esta idea! ¡Y cuánto más difícil aún es armonizar con ella los actos! Sin embargo, hay que perseverar. Debemos establecer nuestra morada en el mundo de las ideas, en el mundo del pensamiento. Y un pensamiento que alimentemos cada día en nosotros, acaba por imponerse a los sentimientos, y los sentimientos a su vez, se imponen a los actos.

Pero si con un día basta para cambiar de filosofía, ¡cuánto tiempo y trabajo se necesita para vencer un defecto o para desembarazarse de un mal hábito! Para facilitar este descenso de las ideas desde el mundo espiritual al mundo físico, el gesto y la palabra son uno de los medios más eficaces. Por eso es tan importante hacer ejercicios cada día.

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¿Cómo se manifiesta la gracia divina? ¿Por qué parece que sólo va hacia algunos? ¿Acaso es injusta? No, trabaja de acuerdo con otra justicia que escapa a la comprensión corriente.

Supongamos que habéis emprendido la construcción de una casa. Al cabo de algún tiempo, os dais cuenta de que os falta dinero para terminarla. Pedís un crédito a un banco y éste, (que no es estúpido), se informa para saber si podréis reembolsar el dinero que deseáis pedirle prestado. Si los informes son buenos, os adelanta la suma necesaria. Pues bien, la gracia divina también actúa de esta manera. Desciende sobre vosotros después de haberse informado: ha visto que, en otras encarnaciones, trabajasteis para el bien. Momentáneamente os encontráis limitados, en un callejón sin salida, pero teniendo en cuenta vuestras encarnaciones pasadas, os da crédito, os presta dinero. La gracia no es ni injusta ni ciega como muchos se imaginan: para poder recibirla un día, es preciso haber trabajado durante mucho tiempo para merecerla.

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