manejando

Esforzaos por entrar en vosotros mismos, para encontrar ese centro espiritual, vuestro Yo superior, a través del cual nuestro Padre celestial se manifiesta en nosotros. Y una vez que lo hayáis encontrado, aferraos a él de tal forma que nada ni nadie pueda separaros de él. Como Jesús, que hasta tal punto reforzó esta conexión que podía decir: «Mi Padre y yo somos uno.» Vosotros también, gracias a vuestro Yo superior, tenéis la posibilidad de llegar a ser uno con vuestro Padre celestial. Si lo ignoráis, es porque no le dais la posibilidad de manifestarse.

Todas las regiones del universo tienen su propio centro, y de uno al otro existe una conexión que debéis tratar de buscar para vivificarla. Aprended a unir vuestro corazón, el centro de la vida en vosotros, con este otro centro, el sol, y a través del sol, con Cristo y, finalmente, a través de Cristo, os conectáis con el Padre celestial, el soberano de todos los mundos. Sólo podéis progresar uniéndoos a seres superiores a través de este vínculo por donde circula la vida divina, y es esta vida la que os alimenta.

Por la mañana, al levantaros, vais a la ventana de vuestra habitación, abrís las cortinas y miráis al cielo porque necesitáis saber que tiempo hace. Después, si vais al trabajo, a hacer compras o a visitar amigos, etc., en el momento de salir miráis delante de vosotros, y después a derecha y a izquierda para ver si la vía está libre. Esto que hacéis en el plano físico, todavía es más importante que lo hagáis en los planos psíquico y espiritual. Así pues, por la mañana, cuando os despertáis, lo primero que debéis hacer es mirar hacia el Cielo de donde os viene la luz, afin de que estéis bien inspirados para todo lo que tengáis que
hacer durante la jornada. Después, cuando tengáis que actuar, deberéis mirar cada vez si la vía está libre. Es peligroso precipitarse en la acción, porque quizás ganemos unos minutos, pero cometemos errores, pronunciamos palabras poco afortunadas, y perdemos así toda la jornada, sin hablar de las consecuencias
que de todo ello se derivan. Cada mañana, pues, empezad por dirigir vuestra mirada hacia las entidades luminosas, ellas os indicarán la dirección a tomar y os acompañarán en el camino.

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Se enseña a los cristianos que, al sacrificar su vida en la cruz, Jesús les salvó, y esto les da a algunos un inmenso orgullo, una inmensa seguridad. Sus amigos, sus padres, quizá no darían ni dos céntimos por ellos, pero el hijo de Dios en persona dio su vida para su salvación. ¿Cómo no sentirse orgullosos? Desgraciadamente, basta con ver el estado de la cristiandad para constatar que los cristianos no están más salvados que los creyentes de las otras religiones. Cometen las mismas deshonestidades, los mismos crímenes, porque siempre se manifiesta en ellos la misma naturaleza egoísta, codiciosa, vindicativa.

Cada gran hijo de Dios que viene a la tierra aporta a los humanos unas verdades, unos métodos nuevos para salvarles, pero son ellos, los humanos, quienes deben comprenderlos y utilizarlos, quienes deben trabajar para su propia liberación. Diréis: «¡Pero usted disminuye el valor del sacrificio de Jesús!» En absoluto. La grandeza del sacrificio de Jesús no queda disminuida si os digo que os salvaréis gracias a vuestro trabajo. Dios sólo quiere una cosa: el perfeccionamiento de la
criatura humana. Y para perfeccionarse, hay que esforzarse. Los santos, los profetas, los Iniciados pueden abrirnos el camino, pueden decirnos cómo caminar, pero nadie puede caminar por nosotros, somos nosotros los que debemos avanzar.

Omraam Mikhaël Aïvanhov

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