El amor es…

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El amor es. Enseña siendo simplemente lo que es. No hace nada. No se esfuerza. No tiene éxito ni fracasa. No está ni vivo ni muerto. Así ha sido y siempre lo será. No es exclusivo de los seres humanos. Existe en la relación de todas las cosas. De todo con todo.

Así como no puede aprenderse la verdadera sabiduría, el amor no puede ser aprendido y tú no puedes ser aprendido. Está en ti. Imagina cómo sería si el océano, el guepardo, el sol, la luna o Dios mismo intentasen aprender qué son. Lo mismo es contigo. Todo existe dentro de ti. Tú eres el universo.

Es un universo compartido, sin divisiones. No hay secciones, ni partes, ni dentro ni fuera, ni sueños ni ilusiones que puedan escapar o esconderse, desaparecer o cesar. No hay condición humana que no exista en todos los seres humanos. Es completamente imposible que uno tenga lo que el otro no tiene. Todo es compartido. Esto siempre ha sido verdad y lo será por siempre. La verdad es la verdad. No hay grados de verdad.

Tú no eres forma, tampoco lo es tu mundo real. Buscas el rostro de Dios en la forma, así como buscas el amor en la forma. Tanto Dios como el amor están presentes, pero no en la forma que los ojos de tu cuerpo pueden ver. Así como las palabras que ves sobre esta página son sólo símbolos de un sentido que está más allá de lo que los símbolos pueden expresar, así también ocurre con todas las cosas y personas que te rodean, las que ves y las que sólo puedes imaginar. Buscar el “rostro” de Dios, es buscar lo que eternamente no tiene forma. Ver de verdad es comenzar a ver lo que no tiene forma. Y comenzar a ver lo que no tiene forma es comenzar a comprender aquello que tú eres.

Lo que ahora ves son sólo símbolos de lo que en realidad está delante de ti, en una gloria que trasciende tus imágenes más profundas. Sin embargo, persistes en querer sólo lo que tus ojos pueden ver y tus manos pueden aferrar. A estas cosas llamas reales y a todo lo demás irreal. Puedes cerrar los ojos y creer que estás a oscuras, pero no creerás que ya no eres real. Cierra los ojos a todo aquello que te has acostumbrado a ver. Y verás la luz.

A esta confusión traemos un solo enunciado: el amor es. Nunca cambia, se simboliza sólo a sí mismo, ¿cómo puede dejar de significar todo o de comprender todo significado? Ninguna forma puede abarcarlo, pues él abarca todas las formas. El amor es la luz en la que la forma desaparece y todo lo que existe es visto tal como es.

Tú que buscas ayuda te preguntas ahora de qué manera puede esto ayudarte. ¿Qué queda por decir que no haya sido dicho? ¿Qué son estas palabras —lo admito— sino símbolos? La ayuda llega en aquello que simbolizan. No necesitas creer en las palabras ni en el potencial de los ejercicios para cambiar tu vida, pues estas palabras llegarán a ti como lo que son, no como los símbolos que representan. Ha sido sembrada una idea del amor en un huerto fértil que la hará crecer.

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Todas las cosas nacen de una idea, un pensamiento, una concepción. Todo lo que se manifiesta en el mundo fue concebido primero en la mente. Sin embargo, aunque sabes que es verdad, continúas creyendo que tú eres el efecto y no la causa.

Como un niño que aprende a no tocar una estufa porque está caliente y tocarla le traerá como resultado una quemadura, o que aprende que una manta tibia es agradable, sometes el aprendizaje a mil pruebas que dependen de tus sentidos y tu juicio. Pero mientras crees saber qué habrá de quemarte y qué te resultará placentero, sometes lo incomparable a lo comparable.

No pienses que tu mente, tal como la concibes, aprende sin comparar. Todo es verdadero o falso, correcto o incorrecto, blanco o negro, caliente o frío basándose solamente en sus contrastes.

Las palabras de amor no entran en tu cuerpo por los ojos para asentarse en el cerebro, para ser allí destiladas en un lenguaje que puedas entender. Mientras lees, presta atención a tu corazón, pues este aprendizaje entra por él y en él se queda. Tu corazón es ahora tus ojos y oídos. Tu mente puede permanecer dentro de tu concepto del cerebro, pues ahora la soslayaremos y no le enviaremos información para procesar ni datos para que calcule. El único cambio de pensamiento que se te pide es darte cuenta de que no la necesitas.

Tú que no has podido separar la mente del cuerpo, el cerebro de la cabeza, la inteligencia del conocimiento, anímate. Renunciamos a seguir esforzándonos. Simplemente aprendemos de una manera nueva y en nuestro aprendizaje tomamos conciencia de que nuestra luz brilla desde el interior de nuestro corazón. Aquí mora el Cristo en nosotros y aquí concentramos nuestras energías y nuestro aprendizaje. Pronto comprenderemos que aquello que habríamos de saber no puede ser computado en los bancos de datos de un cerebro sobrecargado en el que hemos confiado por demás, ni en una mente que no podemos separar de donde creemos que está.

En contraste, nuestros corazones salen al mundo, al que sufre, al débil de cuerpo y mente. Nuestros corazones no son fácilmente confinados dentro de nuestras paredes de carne y hueso. Nuestros corazones adquieren alas con la alegría y se quiebran con la tristeza. No así el cerebro, que sigue registrándolo todo como un observador silencioso, para decirte finalmente que los sentimientos de tu corazón son una tontería. A nuestro corazón apelamos en busca de guía, pues en él reside el único que verdaderamente guía.

A ti que piensas que esta idea está viciada de sentimentalismo y estás seguro de que te llevará a abandonar la lógica y, en consecuencia, te conducirá a la ruina, te digo una vez más: anímate. Tonterías como los deseos de tu corazón son las que ahora te salvarán. Recuerda que es tu corazón el que anhela regresar al hogar, el que anhela recordar el amor, el que guía el camino que, si lo sigues, te pondrá con seguridad en la senda que conduce a casa.

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¿Qué dolor ha soportado tu corazón que su fuente no haya sobrellevado? Su fuente es el amor, ¿qué otra prueba necesitas de su fortaleza? Un dolor como el que ha soportado tu corazón es como un cuchillo que atraviesa los tejidos, un embate que detendría las funciones cerebrales, o un ataque a las células mucho mayor que cualquier cáncer. El dolor del amor, tan atesorado que no lo puedes dejar ir, puede atacar los tejidos, el cerebro y las células. De hecho, lo hace. Y luego lo llamas enfermedad y permites que el cuerpo se derrumbe. Pero aun así retienes el amor dentro de ti.

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¿Acaso el dolor debe acompañar al amor y la pérdida? ¿Es éste el precio que debes pagar por abrir tu corazón? Y sin embargo, si se te preguntara si prefieres otra cosa distinta del amor, tu respuesta no sería un “sí”. ¿Qué otra cosa podría valer semejante costo, tanto sufrimiento, tantas lágrimas? ¿Qué otra cosa te negarías a abandonar cuando llega el dolor, como la mano deja caer un ascua ardiente? ¿Qué otro dolor te resultaría tan íntimo que no renunciarías a él? ¿Qué otro dolor no estarías dispuesto a sacrificar?

Piensa que éstas no son preguntas sin sentido, hechas para vincular el amor y el dolor y, en consecuencia, dejarte desamparado. Esta manera de relacionar amor y dolor no tiene sentido, y sin embargo te permite entender. Estas preguntas simplemente prueban el valor del amor. ¿Qué otra cosa valoras más?

Tus pensamientos pueden conducirte a una docena de respuestas ahora mismo, para algunos serían más, para otros menos, según la tenacidad de los pensamientos que, conducidos por el ego, interpondrían la lógica en el camino del amor. Algunos otros pueden usar sus pensamientos de manera distinta y proclamar que eligen el amor y no el dolor cuando en realidad lo que eligen es la seguridad a expensas del amor. Nadie cree que puede tener el uno sin el otro, y entonces vivimos temiéndole al amor al mismo tiempo que lo deseamos por sobre todas las cosas.

No pienses que existe una manera en que el amor puede ser mantenido lejos de la vida. Por el contrario, ahora comenzamos a observar cómo él juzga la vida, los juicios con que te ha provisto la experiencia, los que se basan en cuánto amor has recibido y cuánto te ha sido negado.

Comenzemos por aceptar simplemente las pruebas que tenemos de la fortaleza del amor.

FUENTE:Un Curso de Amor – de Mari Peron y Dan Odegard

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