Un día Leonardo da Vinci retrasó tanto tiempo la entrega de una de sus obras que tuvo que huir de un cliente enojado. Pero este episodio no le enseñó nada. Leonardo seguía violando los plazos. Era un gran procrastinador.

La procrastinación es una palabra bonita que impone respeto, pero a la vez es muy torpe porque sustituye muchos sinónimos tales como diferir, aplazar, postergar, hacer tiempo, demorarse, etc. La palabra está compuesta por dos expresiones latinas “pro“ y ”cras“ (mañana). Así que, como dicen los procrastinadores, “hoy no, mañana”.

Ya lo pensaré mañana

Algunos creen que la procrastinación provoca sólo una cosa: los retrasos. Sin embargo, no es así en absoluto, algunos procrastinadores se las arreglan para hacer el trabajo oportunamente pero lo hacen a costa de mucho tiempo y un desequilibrio total en su flujo de trabajo.

Lo que sucede es que el tiempo para llevar a cabo cualquier tarea incluye también un tiempo de ”aceleración“ el cual es necesario para reflexionar sobre el asunto, prepararse para el trabajo y tomar una taza de té. Los procrastinadores le dedican demasiado tiempo a la dicha ”aceleración“: hacen cualquier cosa menos la que tienen que hacer o, al contrario, no hacen absolutamente nada. Como resultado, un procrastinador promedio experimenta:

  • La sensación de desperdiciar el tiempo, no importa cuánto estaba posponiendo su trabajo o simplemente estaba sufriendo con la idea de que lo tenía que hacer hasta que resaltó la fecha límite para entregarlo.
  • La sensación de opresión por la tarea incumplida.
  • La sensación de que le debes algo a alguien y el consiguiente sentimiento de culpa.

Sin embargo, puede ser que la inclinación natural a aplazar las tareas no moleste en absoluto al procrastinador. Tenía un conocido que era diseñador, los amigos siempre lo invitaban dos horas antes de la hora establecida diciendo “si Dios quiere, llegará a la hora deseada”. Esta táctica funcionaba de vez en cuando. Sucedía que los invitados ya estaban a punto de irse a sus casas, cuando sonaba el teléfono y el anfitrión tratando de no reírse, escuchaba las excusas y disculpas de mi amigo. El diseñador Carlos no tenía una carga de trabajo exagerada, no llevaba una doble vida, no era un agente de los servicios especiales, como suponíamos al principio. Simplemente era un demorador clásico pero eso no le provocaba ningún tipo de sufrimiento.

La mayoría de los procrastinadores están muy lejos de tal armonía con sí mismos. Por lo tanto, intentemos analizar las razones de rehuir del trabajo; así será más entendible y menos doloroso para todos.

La sensación de una catástrofe

Muchas veces la primera impresión del próximo asunto serio que tenemos que realizar es la desesperación: “nunca podré hacerlo“. Probablemente, puedes llamarlo el miedo al fracaso, pero hasta las personas seguras de sí mismas muchas veces experimentan esta sensación.

El problema es otro: la tarea propuesta (especialmente una nueva e inusual) parece ser una roca enorme y no sabes cómo acercarte a ella.

¿Qué hago? Como decía Julio César, divide y conquista. Anota de qué tareas consiste el problema que enfrentas. ¿Puedes dividirlas en unas tareas todavía más pequeñas hasta que cada punto sea muy específico e indivisible? Entonces hazte las preguntas: ¿cuál de las tareas es la más difícil, cuál de ella podrás hacer automáticamente, y dónde tienes que esforzarte más?

Para que te des ánimos, acuérdate, ¿cuántas veces la sensación de una catástrofe inevitable te ha fallado? Seguramente te has enfrentado a una serie de tareas que finalmente resultaron ser bastante solucionables.

El horizonte está ensombrecido por el trabajo

No es ninguna revelación que la gente se divide en aquellos que se sienten cómodos trabajando en múltiples tareas a la vez, cambiando con facilidad de una a otra, y aquellos que no toleran la conmutación frecuente. El destino de los últimos es trabajar de manera fructífera en una sola cosa y que nadie los moleste.

¿Cuándo hay riesgo en convertirse en un procrastinador? Cuando estás dispuesto a trabajar en una tarea ”desde el amanecer hasta el cierre”. Es decir, no eres capaz de medir bien el tiempo que tardarías en completar la tarea. Crees que debes aprovechar el lapso de tiempo que tienes para llevar a cabo el trabajo: una semana, entonces que sea una semana; tres horas, que sean tres horas.

Dicha estrategia es bastante infantil: alguien te dicta el tiempo exacto que debes dedicarle a una tarea. Parece un examen escolar, ¿verdad?

¿Qué hago? No dejes que otras personas controlen tu vida y tu tiempo. Divide una tarea grande en varias pequeñas. Piensa cuánto tiempo puedes tardarte en realizar cada una de ellas. Después de esto, haz una lista de otras cosas (útiles y agradables) que te gustaría hacer próximamente. Esto no dejará que el asunto principal “se infle” hasta tamaños increíbles y opaque el resto de tu vida. También puedes utilizar un cronómetro para medir el tiempo que te tardas en una tarea concreta, comparando el tiempo deseado con el tiempo real.

Una dificultad oculta

A veces es imposible obligarse a uno mismo a empezar a hacer algo, porque no lo quieres hacer. Los remordimientos de conciencia y las cuestiones de ética no tienen nada que ver, y en sí probablemente es una tarea bastante agradable pero contiene un pequeño elemento nocivo que te quita las ganas: por ejemplo, hacer unos cálculos exhaustivos o tener que hablar con una persona grosera. El “peso real“ de este ”disgusto“ puede ser muy ligero a comparación de la parte bonita de la tarea pero es capaz de envenenarte toda la existencia.

¿Qué hago? Tienes que separar las tareas agradables y las que no lo son. Por cierto, se te pueden hacer desagradables porque te provocan ansiedad: puede ser que no estén bien formuladas, que sean irrealistas o no tienes ningún límite de tiempo para completar el trabajo. Es decir, no es que sean desagradables, más bien son problemáticas. Y cuanto antes te des cuenta de esto, más fácil será enfrentar y solucionar el problema en general. También puedes alternar la parte bonita y desagradable para equilibrar el asunto.

trabaja

La vida bonita que hemos perdido

A veces no tienes ganas de empezar a trabajar. E incluso el dividir las tareas en segmentos agradables y problemáticos no te ayuda: te agobian. Y de repente se te ocurre que en ese momento podrías estar haciendo algo que realmente te guste. Por lo tanto, el trabajo se asocia con una privación. Tienes miedo de que el trabajo te consuma por completo y no te dejará ni tiempo ni fuerzas para otras cosas. ¿Por qué hundirse en tales pensamientos?

¿Qué hago? Respira profundo e intenta sustituir “Tengo que hacerlo” con ”Quiero hacerlo para…“. Para tener más tiempo libre, para no defraudar a alguien que te importe, para ser más fuerte, para tener más experiencia. Si todos estos motivos no funcionan, vale la pena considerar que el trabajo no te da nada a cambio. ¿Será que ya deberías de renunciar?

El milagro de la fecha límite

Por último, algunos procrastinadores tienen un deseo casi consciente de aplazar el trabajo hasta su fecha límite: creen que en las condiciones de los plazos muy ajustados trabajan de manera más productiva.

Realmente existen las personas con este tipo de productividad. Pero su cantidad es mucho menor de lo que nos gustaría pensar. Para los demás la fecha límite significa muchos nervios, litros de café, haciendo el trabajo en general sin entrar en detalles y luego uno o dos días para ”recuperar las fuerzas” después de presentar el trabajo.

¿Qué hago? Puedes proponerte algún plazo intermedio. Por ejemplo, para terminar un proyecto y empezar otro. Pero no te engañes, este método no te ayudará a evitar por completo la agonía del acercamiento del plazo final, pero al menos podrá apaciguarla, y también reducir el tiempo de la procrastinación.

Autor: Elena Uvarova
Fuente: medportal
Traducción y adaptación: Genial.guru

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