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Cuando tenemos el complejo de víctima y todo lo vemos negro

En mi opinión, somos un poco exagerados cuando valoramos las cosas que no son de nuestro agrado. Las catalogamos como peores de lo que realmente son.

Y conviene darse cuenta de esto y verlo claro, porque las cosas son lo que son. Sin adjetivos. Pero dependiendo del adjetivo que le adjudiquemos lo convertiremos en algo trivial o en algo dramático.

Desdramatizar es quitarle dramatismo a las cosas y a la vida. Quitar pasión y virulencia a ciertos asuntos. Bajarlos del pedestal sangrante.

Casi todos los dramas conllevan un poco de exageración que se puede rebajar. Nuestro victimismo latente y un cierto aire de mártires hacen que le pongamos un poco de fatalidad y un poco de melodrama a algunas situaciones que son poco más que ordinarias en una vida cualquiera.

No siempre salen las cosas al gusto de uno y no siempre se cumplen todos los deseos, así que aceptando esta premisa tan real se puede rebajar bastante el dramatismo que le añadimos a algunas cosas.

Todos hemos comprobado en más de una ocasión que, una vez que pasa cierto tiempo, aquellas cosas que nos parecían tan trágicas y calamitosas en su momento fueron perdiendo la fuerza y la catástrofe que les habíamos adjudicado y se fueron quedando en poco más que anécdotas y, desde luego, muy lejos de cómo lo vivimos.

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Hay que desdramatizar la vida.

Esa es la clave.

No sé por qué tenemos una predisposición rendida al dramatismo, a ver la tragedia hasta donde no la hay, a sufrir, a creernos eso que decían los sacerdotes de que este mundo es un valle de lágrimas y aquí se viene a padecer.

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Ni sé por qué tenemos una tendencia a alargar y a estancarnos en los estados de aflicción.

Ni sé por qué parece que en los estados de ánimo fatídicos haya que regodearse, empaparse de ellos, vivirlos hasta la última gota…

NO SE TRATA DE SER IRRESPONSABLES, SINO DE QUITARLE LA EXCESIVA EXIGENCIA A LA VIDA, de dejar espacio para los errores y tener preparado un “no pasa nada” para esos casos, de relajarse en la vida y permitir grandes momentos y ocasiones para las sonrisas y la felicidad a pesar de que TODAS las cosas NO VAYAN BIEN…

Se trata de VIVIR y no de sufrir.

Se trata de relativizar las cosas, de no ver la fatalidad y el infortunio en todo, de menguar las expectativas y exigencias de perfección, de no reclamarle a la vida lo que no nos puede dar…

Lo repito: A la vida se viene a VIVIR y no a sufrir.

Hay que desembarazarse de la careta seria y de la tensión ante qué es lo próximo que me va a salir mal o lo próximo que me va a tocar cargar.

Hay que cambiar la gravedad malhumorada por una expresión sonriente, aunque sea levemente sonriente.

LA VIDA ES LO IMPORTANTE. MÁS IMPORTANTE QUE LO QUE PASA EN LA VIDA. La vida es la totalidad, y lo que pasa son poco más que anécdotas.

La vida puede –y debe- estar llena de magia, de maravillas, de emociones placenteras, de amor, de felicidad, de sorpresas agradables, de momentos inolvidables, de tiempo con los seres queridos, de risas inmejorables…

Y somos nosotros, y nadie más que nosotros, los responsables de conseguir todo eso.

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Y para lograrlo hay que hacer lo que sea necesario.

Uno es el responsable de hacer de su vida una vida de la que se sienta satisfecho.

Es tiempo de decidir y hacer, y dar un paso al frente y no volver a dar un paso atrás.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales. Colaborador de soyespiritual.com

(Si te ha gustado, ayúdame a difundirlo compartiéndolo. Gracias)

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Foto por Karan Gurnani Cuando tenemos el complejo de víctima y todo lo vemos negro 1

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