La belleza ejerce tal poder de fascinación sobre los humanos que se sienten siempre tentados a acercarse a ella para tocarla, cogerla, poseerla… Pero la belleza no puede ser poseída: por esencia, no pertenece al mundo físico y, en cuanto tratamos tan solo de rozarla, se escapa. La belleza es un mundo que está hecho exclusivamente para los ojos; no está destinada ni a las manos ni a la boca. Le gusta ser mirada, pero no soporta que la toquen. Debemos pues estar siempre muy atentos cuando nos encontramos con seres de una gran belleza.

Aquél que no tiene una buena actitud, puede expulsar a las entidades que habitan a estos seres y que les dan esta armonía, esta gracia. Y si éstas se alejan, sufrirá, porque perderá esta admiración, este elemento impalpable que embellecía también su vida.

Nuestro gozo, nuestra inspiración dependen pues del respeto que manifestemos por la belleza al no tratar de apoderarnos de ella. Aprendiendo cada día a contemplarla en los seres, saboreamos la vida verdadera.

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