Ante los fracasos

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En el sinuoso sendero de la vida tropezamos infinidad de veces con piedras y escollos que parecen insuperables, intentamos correr, intentamos sobresalir o simplemente mejorar. Pero también caemos. Caemos parados o de bruces, con la fuerza del empuje inicial y nos duele tanto…, también caemos de rodillas, sin ninguna fuerza, con abatimiento mordiendo el polvo de la frustración. Un fracaso.

En esos momentos nos acordamos de Dios. Pensamos por un instante qué nos está haciendo. ¿Por qué no nos deja llegar a la meta tan ansiada de ese momento tan particular de nuestras vidas? Si pusimos toda nuestra energía, nos entregamos de lleno a la consecución de algo que finalmente terminó en un rotundo fracaso. ¿Y por qué?

Dios no nos hace fracasar. Dios no nos quita nuestros anhelos y esperanzas. Dios no nos juega malas pasadas. No somos el centro de atención de Dios en una obra de teatro del universo sin fin. Dios no está riendo o llorando. Dios está allí. Donde se terminan las palabras, donde nace tu amor, donde el silencio abre una brecha entre tu corazón y el amor de Dios.

A veces fracasamos porque hemos puesto toda nuestra atención a la obra emprendida y malogramos los efectos de tanto tocarla, de tanto estar encima, nuestra meta se ha convertido en un único objetivo que invalida cualquier idea extraña al objetivo. Desplazamos de nuestro interior cualquier cosa que nos distraiga, porque no queremos perder de vista el objetivo establecido. Así también, sin querer, lo desplazamos a Dios. Desplazamos cualquier idea de El y su amor, nos creemos tan poderosos, tan infalibles que confiamos en que Dios nos está cuidando y nos ayudará a lograr lo que queremos, porque ingenuamente pensamos que todo está a nuestro servicio hasta Dios. Más no es así.

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No es Dios quien tiene como centro de atención a las obras humanas, son las obras humanas que deberían tener como centro de atención a Dios, porque de El venimos y a El iremos. De El hemos recibido los dones y a El se los entregaremos junto a la conciencia cargada de experiencias donde está la vida que hemos llevado.

Ante un fracaso en la vida, recuerda qué lugar ocupa Dios en tus cosas y en el proyecto particular que ambicionabas. Si Dios no está allí y fracasas, entonces no es un fracaso, es simplemente una ilusión, un espejismo que llegó a tu vida y por un momento te lo creíste.

Y si Dios es el centro de tu atención y está en todos tus emprendimientos más aún así las cosas no te salen bien, tampoco es un fracaso, simplemente es una postergación, en otro momento se te dará. Recuerda que "no hay mal que por bien no venga". A veces es mejor intentar después antes que seguir malgastando las fuerzas en algo que no reconoce el momento adecuado para surgir.

Si Dios está en tu centro de atención en la vida, ten por seguro que comienzas el camino del éxito mucho más seguro que quien no lo tiene, pensando que Dios tiene la obligación de arreglarle todos sus problemas y caprichos como un fiel servidor. A veces los fracasos pueden ser producto de una soberbia no descubierta a tiempo.

Extraído de
"El Libro de Oro de los Ángeles" de
© Miguel Ángel Arcel

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