Las visitas de los Reyes de España a los países de América Latina suelen generar controversia. Por obvios motivos históricos, las comunidades indígenas de latinoamérica rechazan la connivencia de los actuales gobiernos de sus países con la Corona Española, a la que consideran institución representante del genocidio que sufrieron sus pueblos durante las conquistas.

La última reacción de rechazo la ha protagonizado la Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita en Tucumán, como respuesta a la invitación que el gobierno de Argentina ha formalizado a Juan Carlos I de España para que acuda, junto a otros mandatarios internacionales, a la ceremonia de los 200 años de la aprobación de la declaración de independencia por parte de los representantes de las llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata, que se celebrará este próximo sábado en San Miguel de Tucumán.
El colectivo indígena ha enviado una protesta por escrito a la Secretaría de Estado de los Derechos Humanos de la provincia de Tucumán, y han señalado que la presencia del rey emérito de España implica “una enorme contradicción”, ya que los antepasados de su pueblo, junto a los de otros pueblos de la región, han sido “víctimas del mayor genocidio cometido en nuestra América”, y además “justamente por la institución que esta persona representa”, según informa el portal Monarquía Confidencial.

Foto de Reuter
Foto de Reuter

Precedentes similares

No es la primera vez que la Corona Española se enfrenta a protestas de poblaciones aborígenes de latinoamérica, siempre ligadas al sangriento pasado colonial.

Hace tres meses, los Reyes de España, Felipe VI y Letizia, recibieron una carta del Círculo de Abuelas Bohío Atabei Mujeres de la Yuka, que les pedía que no fueran a Puerto Rico a inaugurar una estatua de Cristobal Colón, cuyas dimensiones superan con creces a las de la Estatua de la Libertad de Nueva York.
En la carta predomina el tono conciliador: “Que se sepa que nosotros no culpamos a sus Majestades por los errores de los antiguos conquistadores que intentaron destruirnos”. Pero dejan clara su postura con respecto al pasado que sufrieron y a la decisión de honrarlo con monumentos: “es hora de dejar de honrar a figuras genocidas”. Porque para este colectivo, no se trata sólo de respeto al pasado, sino de una actitud ante un problema aún en vigor. Así lo explican en la carta: “No sólo esta estatua abre viejas heridas, sino que crea nuevas heridas cuando deberíamos estar discutiendo la reconciliación y buscando soluciones en cuanto a cómo reparar las vidas de aquellos que siguen atrapados en los tentáculos de este monstruo que aún después de casi 523 años, continúa afectando negativamente la vida de millones más en el presente”.

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