El Akatistho del Corazón. Es muy antiguo y fue revelado al mundo por los Padres del Desierto hace muchos años. Tal vez ya lo conozcan, es llamado “la Oración Continua” y también “la Oración del Corazón”.

El Pastor respiró profundamente, cruzó ceremonialmente las manos sobre su pecho, cerró los ojos y pronunció lentamente estas palabras:

Señor Jesucristo, Hijo de David,

Ten piedad de mí, pecador. 

Una, diez, cien veces…

Una, diez, cien veces el Akatistho nos envolvió en su dulzura. Lo repetimos letárgicamente: “Señor Jesucristo, Hijo de David, ten piedad de mí, pecador…”. Una y otra vez. Una y otra vez. Hasta que nos quedamos sin pensamientos.

ten piedad

Y, con los ojos cerrados, escuchamos al Pastor susurrando, como entre sueños:

–“Señor” indica el reconocimiento a la jerarquía espiritual. “Jesucristo” invoca la fuerza crística, la purísima y total vibración del amor. Es la fuerza más revolucionaria y más absoluta que conocemos –dijo–. “Hijo de David” hace referencia a su origen y linaje sagrado y nos conecta a través de su nombre a nuestras propias sagradas raíces judeocristianas. “Ten piedad”: este humilde pedido nos pone instantáneamente bajo el amparo del Cielo y nos transforma en niños. Nos permite sentir compasión por todas estas experiencias que debemos atravesar en la Tierra, como podamos, muchas veces tan perdidos, hasta que comprendemos que el único camino es pedir auxilio a Dios. “De mí, pecador” es el reconocimiento de nuestro único gran pecado, origen de todos los pecados: nuestra insistente falta de amor. “Señor Jesucristo, Hijo de David, ten piedad de mí, pecador…” –salmodió el Pastor, una y otra vez, una y otra vez.

Completamente seducidos por el antiguo encantamiento, en cada repetición, nuestro corazón levantaba más y más vuelo.

“Señor Jesucristo, Hijo de David, ten piedad de mí, pecador…”

“Señor Jesucristo…” Cayeron los pesos, las dudas se resquebrajaron. “… Hijo de David…”Las heridas emocionales comenzaron a cerrarse. “… ten piedad de mí…” Una nueva luz limpió tristezas y desesperanzas. “… pecador…” Los miedos se disolvieron. Estábamos livianos… cada vez más livianos… cada vez más angelizados.

Y alegres, tan alegres que apenas podíamos contener los latidos de nuestro corazón, de repente libre, disponible, vacío para recibir la gracia.

 

PAGINA 28

UNA SAGRADA EXPEDICION AL REINO DE LOS ANGELES

HANIA CZAJKOWSKI

EDITORIAL KIER

 

Menú de cierre
error: Content is protected !!

Send this to a friend