EL CAMINO AGRESTE

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Todo el que se encuentra en el camino espiritual ha advertido, algo que ocurre esporádicamente en los primeros años – y que después ocurre con rareza – que de repente se descubre casi incapaz, o incapaz, de orar. Naturalmente, eso lo deprime, y a veces le provoca un gran temor y lo pone al borde de la desesperación.

Ahora bien, esas graves reacciones no son necesarias, una vez que se sabe que todo el mundo pasa por esa etapa. Si uno cree ser el único que ha experimentado esas cosas, es natural que lo atemoricen, pero el temor desaparece cuando uno sabe que no es así.

La causa de este problema es el exceso. Uno ha estado rezando por mucho tiempo, o con mucha intensidad, o ha dedicado demasiado tiempo exclusivamente al trabajo espiritual, en vez de tener también otros intereses en la vida. Es, en realidad, un estado de fatiga, de congestión psicológica. Los místicos de la Edad Media llamaban a esos períodos “épocas de sequía” y sufrían gravemente porque creían que eran pecaminosos.

El remedio no es luchar, sino saber que esa etapa pasará, sin duda y que regresará la alegría espiritual. Si no puede rezar, no se esfuerce. Piense “Dios es tan bueno que no necesito orar, de todos modos El cuidará de mí” ( Por supuesto, ésa es una oración maravillosa) Si hay un sentimiento de depresión , piense que el deprimido no es su yo, porque usted sabe cual es la realidad.

En un largo viaje en automóvil, a veces uno cruza un tramo agreste. A lo largo de cientos de millas, el camino ha sido perfecto, pero de pronto el vehículo se estremece y salta. No se preocupe, porque usted sabe sin lugar a dudas que ese tramo sólo se extiende por unas pocas millas. Es más: probablemente vea un cartel que indique, ‘camino pavimentado más adelante” a tres o siete millas.

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Si en su vida espiritual llega a un camino agreste, diríjase hacia la luz y piense que más adelante la carretera está asfaltada.

“Cesad y reconoced que soy Dios”. Salmos 46:10.

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Emmet Fox

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