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Usted oyó hablar muchas veces que quien manda en su casa es el marido. Pero también aprendió, que tanto el hombre como la mujer fueron creados a imagen de Dios, que ambos son hijos de Dios, que ambos pertenecen a una misma estirpe divina, que ambos están dotados de inteligencia, de discernimiento, de sabiduría, de intuición, de dones naturales y sobrenaturales, sensoriales y extrasensoriales. Usted oyó hablar, además, que ambos están dotados de cuerpo y espíritu, que ambos tienen la misma dignidad, los mismos derechos y las mismas obligaciones.

Entonces ¿por qué tendría que haber uno que manda y otro que obedece, cuando el matrimonio es hecho en absoluto estado de igualdad?

Cierto día yo estaba escuchando un sermón en el Día de los Padres y el predicador señalaba que el marido y la mujer deben dialogar mucho y conciliar todas las divergencias a través del diálogo; sin embargo, cuando no lleguen a un acuerdo, la última palabra es del marido.

Al final de la liturgia, cuando estábamos a solas, hablé con aquel sacerdote y le dije que yo tenía un punto de vista completamente distinto del suyo en lo que se refería a quién mandaba en la casa. Yo entendía que no era correcto ni justo determinar arbitrariamente que la última palabra pertenece al marido.

"Claro –se apresuró a insistir él– que deben dialogar y encontrar juntos la solución; pero, si no llegan a un acuerdo, alguien debe tener la última palabra de decisión y ha de ser él."

"Pues yo entiendo -le respondí- que si no llegan a un acuerdo, no sería correcto que simplemente él o ella tuviera la última palabra por el hecho de que alguien debe tener la última palabra. La última palabra, en esos casos, no pertenece ni a él ni a ella, sino a un tercer personaje: la Verdad. La última palabra es solamente de la Verdad.

Ambos, marido y mujer, deben buscar la Verdad. Si no llegan a una conclusión común es porque la Verdad no quedó clara. Deben continuar buscando, investigando, solicitando información de los que tienen conocimiento sobre el tema, hasta que uno u otro o ambos, encuentren la Verdad. Hallada la Verdad, ambos seguirán por ella sin que haya vencido ni vencedor. No hay uno que manda y otro que obedece, no hay uno que tiene poder discriminatorio y otro que debe bajar la cabeza y decir amen. Además, el criterio de que, no habiendo acuerdo, el marido tendrá la última palabra, podría crear el vicio de que él nunca entre en acuerdos para poder dictar las reglas del juego."

Hay una Sabiduría Infinita, en lo íntimo de ambos, capaz de dilucidar y aclarar todos los caminos. Es la unión la que hace la fuerza. Todo reino unido supera cualquier adversidad. Respete la grandeza divina que existe en su compañero; respete la grandeza divina que existe en su compañera. Este es el camino que hace del matrimonio una aventura alegre, agradable, fascinante y exitosa.

EL PODER INFINITO DE SU MENTE

Lauro Trevisan

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