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Desde tiempos inmemoriales está siendo usada la técnica de la cura por la imposición de las manos.

La Biblia es riquísima en episodios de curación por la imposición de las manos.

Jesús usaba mucho esta manera de curar y la enseñó a los apóstoles, que pasaron a realizar verdaderos prodigios por todas partes.

“Ante la noticia de que Samaria había recibido la palabra de Dios, los apóstoles que estaban en Jerusalén enviaron hacia allá a Pedro y Juan. Estos, pues, descendieron y oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había venido sobre ninguno de ellos… Impusieron las manos y ellos recibieron el Espíritu Santo. Cuando Simón, el mago, vio que por la imposición de manos de los apóstoles se daba el espíritu, le ofreció dinero, diciendo: “Dadme también a mí este poder, para que toda persona a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo”. (Hechos 8,14-19)

“En Iconio, Bernabé y Saulo convirtieron judíos y gentiles. Pedro los judíos incrédulos incitaron al pueblo contra ellos… Ellos, a pesar de todo, permanecieron allí por largo tiempo, predicando sosegadamente, confiados en el Señor, el cual confirmaba la palabra de su gracia por medio de milagros y prodigios, que por manos de ellos operaba”. (Hechos 42-3)

“Vino junto a Jesús un leproso, cayó de rodillas ante él y le suplicó: “Si quisieres, puedes tornarme limpio”. Compadecido de él, extendió Jesús la mano, lo tocó y le dijo: “Quiero, sé limpio”. No había acabado de hablar y ya la lepra desapareció y el hombre estaba limpio”. (Marcos 1,40-43)

Tres aspectos importantes ocurrieron en esta cura efectuada por el Maestro: imposición de la mano, uso de la fuerza de la palabra y realización de la cura instantánea.

“Volvió Jesús a embarcarse y llegaron a la otra margen, donde vinieron a él grandes multitudes. Estaba aún a la vera del lago, cuando vino un jefe de sinagoga, de nombre Jairo; tan pronto vio a Jesús, arrojóse a sus pies con esta súplica insistente: “Mi hijita está por morir; ven a imponerle las manos para que tenga salud y vida” (Marcos 5,21-23). “De camino hacia allá, le apretaban las multitudes. Hallábase allí una mujer que, hacía doce años, sufría de un flujo de sangre; había gastado en médicos toda su fortuna, sin encontrar quién pudiese curarla. Llegóse a él por detrás y le tocó en una de las borlas del manto y, en el mismo instante, cesó el flujo de sangre.

– ¿Quién me ha tocado?- preguntó Jesús. Negaron todos. A lo que Pedro y sus compañeros observaron:

– Maestro, la multitud te atropella y comprime, y preguntas: ¿Quién me ha tocado?

Jesús, sin embargo, insistió:

– Alguien me tocó; sentí que salió de mí una fuerza.

Viendo la mujer que no había pasado inadvertida, vino, toda trémula, postrósele a los pies y declaró delante de todo el pueblo por qué lo había tocado y cómo inmediatamente había quedado curada.

Díjole Jesús:

– Hija mía, tu fe te ha curado, vete en paz.

Aún no había acabado de hablar, cuando vino alguien de la casa del jefe de la sinagoga con este recado: “Tu hija acaba de morir; no incomodes más al Maestro”. Oyendo Jesús esas palabras le dijo:

– No temas; sólo ten fe y ella será salva.

Al llegar a la casa, no permitió que nadie entrase con él, excepto Pedro, Santiago y Juan, como también el padre y la madre de la niña. Todos lloraban y se lamentaban. Jesús, sin embargo, dijo:

– ¡No lloreis! Ella no está muerta, sólo duerme.

Lo miraron estupefactos, porque sabían que estaba muerta. Entonces Jesús la tomó de la mano y exclamó:

– ¡Niña levántate!

En eso, volvióle el espíritu y ella se levantó inmediatamente. Mandó que le dieran de comer. Los padres estaban fuera de sí por el asombro” (Lucas 8,43-55).

En este hecho, usted puede percibir que Jairo, padre de la niña, pidió a Jesús que fuese a imponer las manos a la hija para que ella recuperara la salud. Y Jesús, al llegar delante de la niña, a esas alturas ya muerta, la tomó de la mano y le mandó levantarse.

Existe una energía espiritual que puede brotar de la persona a través de las manos y Jesús sabía usar como nadie este método.

El se refirió a esa fuerza especial cuando la mujer que sufría de un flujo de sangre, lo tocó y alcanzó la cura. Dijo él: “Alguien me tocó; sentí que salió de mí una fuerza”.

“Tornó a retirarse del país de Tiro y fue por Sidón al lago de Galilea, atravesando el territorio de Decápolis.

Trajéronle, entonces, un sordomudo y le rogaron que pusiese la mano sobre él. Jesús lo llevó aparte, fuera del pueblo, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, levantó los ojos al cielo, dio un suspiro y le dijo: “Effetha”, que quiere decir: “¡Ábrete!”.

Inmediatamente se le abrieron los oídos y se le soltó la prisión de la lengua, y hablaba correctamente”. (Marcos 7,31-36).

“Llegaron a Betsaida. Allí le presentaron a un ciego, rogando que lo tocase. Jesús tomó al ciego por la mano y lo condujo fuera de la aldea; tocóle con la saliva los ojos, impúsole las manos y le preguntó si divisaba alguna cosa.

Levantó él los ojos y dijo: “Veo andar hombres del tamaño de los árboles”.

Nuevamente le puso Jesús las manos sobre los ojos; entonces se tornó penetrante la vista de él, quedó curado y distinguía todas las cosas” (Marcos 8,22-25).

EL PODER INFINITO DE SU MENTE

Lauro Trevisan

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