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Hace tiempo estuve conversando con una señora cuyo padre había fallecido a comienzos del año.

Ella me contó que, cierta noche, vio en sueños, delante de sí, a su padre y un vecino, éste también fallecido. La presencia del padre era tan real que, en aquel momento, ella no imaginaba que se tratase de un sueño. Conversó con el padre normalmente, como si él estuviese vivo, en tanto que el vecino permanecía en silencio, al lado, y ella tenía la impresión clara de que éste sí estaba muerto.

En medio de la conversación, el padre dijo a su hija:

– Mira, yo vine a buscarte.

– Pero, padre –respondió ella–, yo estoy bien aquí, no tengo ningún interés en ir para allá.

– Pero yo te vine a buscar. Y tu tendrás la misma enfermedad que yo tuve.

Aquella señora, entonces, me contó que, al comienzo, quedó impresionada, pero, después, trató de olvidar el sueño.

Algún tiempo después, ella sintió fuertes dolores repentinamente, al punto de desmayarse casi.

– Fue una cosa muy fea la que sentí –relató ella.

De ahí en más su salud fue empeorando y se vio obligada a someterse a un tratamiento médico. Aunque ella constató que el mayor problema provenía de los nervios, aún así se sentía lánguida y enferma.

Usted convendrá conmigo en que el subconsciente de aquella mujer comenzó a aceptar la idea enviada por la mente consciente de que la información recibida del padre iría a cumplirse. Ella dijo que lo había olvidado, pero, en el fondo, la idea quedó martillando. Para ella, el sueño tuvo la fuerza de la realidad, que se sumó a la fuerza del miedo que la asaltó. He ahí dos fuerzas poderosas que actuaban en aquella señora.

Y los resultados no se hicieron esperar.

Si yo le hubiera dicho que no diera importancia al sueño, que el sueño es sueño, pura boberías, ella me hubiese respondido que fue precisamente lo que trató de hacer.

Era preciso, por tanto, que ella asumiese una imagen más fuerte y más poderosa que el impacto que le causó su sueño.

¿Sería ello posible? Claro que sí.

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Pasé a explicarle algunas verdades de fundamental importancia: que no existe el fatalismo, o mejor, que nada existe que no pueda ser modificado; que la persona que se refugia en los brazos de Dios y se envuelve en la protección del Altísimo, está segura y en paz; que ella debía liberarse del padre.

EL PODER INFINITO DE SU MENTE

Lauro Trevisan

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