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El pastor de una elegante feligresía había delegado en sus subalternos la tarea de saludar a la gente tras el servicio dominical. Pero su mujer le persuadió de que se encargara

él mismo de hacerlo. “¿No sería espantoso”, le dijo, “que al cabo de los años no conocieras a tus propios feligreses?”

De modo que, al domingo siguiente, concluido el servicio, el pastor ocupó su puesto a la puerta de la iglesia. La primera en salir fue una mujer perfectamente “endomingada”. El pastor pensó que debía de tratarse de una nueva feligresa.

“¿Cómo está usted? Me siento feliz de tenerla con nosotros”, le dijo el pastor mientras le tendía la mano.

“Muchas gracias”, replicó la mujer, un tanto desconcertada.

“Espero verla a menudo por aquí. Nos encanta ver caras nuevas…“.

“Si, señor “.

“¿Vive usted en esta parroquia?”.

La mujer no sabía qué decir.

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“Si me da usted su dirección, una tarde de éstas iremos a visitarla mi mujer y yo”.

“No tendrá usted que ir muy lejos, señor. Soy su cocinera”.

La oración de la rana

Anthony de Mello

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