Aquél bello colibrí

Y aquél bello colibrí, desplegó su majestuoso vuelo frente a mi. Su color era verdeazulado, un color que solo en la mente de quienes poseen grata imaginación ocurre. Su vuelo era simplemente “quieto”, como una roca permanece quieta frente a la suave corriente de un río. Es increíble pero cierto, el hecho de que tan bello ser me haya mirado con sus pequeñas pupilas negras, y es tan increíble pero cierto, el hecho de que mi ser supo a ciencia cierta que no se equivocaba.

Me pareció escuchar, frente al colibrí, suavemente la voz de un ser querido que había partido hacía tiempo, pero cuando quise reflexionar acerca de eso… el colibrí ya se había echado a volar

El niño que escuchaba a las plantas

El niño hacía ya tiempo que hablaba con las plantas, hablaba con los árboles, con las flores, con el pasto; pero también podía escuchar sus consejos, sus risas, sus historias; el niño de vez en cuando sentía sus abrazos y sus caricias.
En los días soleados, el niño se sentaba en el verde césped y al ritmo de sus fosas nasales podía purificar su cuerpo con la suave fragancia de la primavera; en los días nublados, el niño permanecía en el interior de su cuarto y mientras se recostaba en su cama mirando el blanco techo, le contaba cómo había sido su día a su pequeño bonsái.

Una vez, el padre del niño llegó cansado y estresado de su trabajo, y le gritó sin razón alguna a su pequeño hijo; éste salió corriendo hacia el fondo de su casa y se abrazó fuerte a un eucalipto. Las lágrimas corrían por las mejillas del niño, y eran recibidas por la suave corteza del eucalipto; con sus fuertes brazos sostenía el peso del niño cuando una fuerte brisa sopló en el cielo y las hojas del árbol sonaron con ritmo. El niño se secó las lágrimas, entró al interior de su casa y al mirar a su padre le dijo: – te perdono, el árbol tiene razón – concluyó.

– Los árboles no hablan – susurró el padre con cierto grado de asombro y una pequeña cuota de curiosidad.

– En eso también tiene razón el árbol – dijo el niño

– ¿A sí?- preguntó el padre – ¿En qué tiene razón? –

– En que has crecido tanto que te has olvidado de cómo escucharlos…

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El monstruo moral

Cuenta la leyenda, que un gran guerrero de antaño nunca había sido vencido, pues no conocía lo que era la derrota. Este guerrero no tenía igual, ya que siempre había sido el más  valiente, el más fuerte, el más eficaz, simplemente… el “más” en todo. Pero el guerrero ya no era un guerrero; los años lo encontraban viejo y decrépito,  pues si hay algo que es invencible es el paso del tiempo. De modo que quien había sabido ser tan fuerte guerrero, había cambiado las luchas con dragones, por discusiones con la gente; ya no emprendía viajes para rescatar doncellas, sino que su más largo viaje era caminar solo hasta el mercado… nuestro valiente guerrero había cambiado su fuerte espada por algo aún más fuerte y necesario: un bastón.

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El guerrero se jactaba de cuán hermosos habían sido sus tiempos jóvenes, y cuánto orden le había aportado su persona al mundo, vivía, sí, pero de recuerdos, debido a que en el mundo actual, todo le parecía incorrecto y todo le parecía malo.

Una mañana, mientras el viejo anciano regaba las plantas de su jardín, quien había sabido ser su escudero, pasó frente a su casa, y al ver a su antiguo maestro de armas se acercó a charlar

– Querido amigo – anunció el escudero – ¿cómo te trata la vida hoy en día? –
– ¿Amigo? – preguntó el anciano – ¿No crees que es una insolencia referirte así a quien te ha enseñado todo lo que sabes? – atacó verbalmente
El antiguo escudero pensó un momento antes de hablar.
– Lo siento Señor, es que como ya no estamos en tiempos de cruzadas, creo que la vida nos encuentra como amigos, y no como el guerrero y su fiel escudero – rió haciendo alusión a su broma.
– Veo que tu andas como el tiempo – respondió bufando el guerrero – LOCO -.
– Difiero señor, pues creo que el tiempo era loco cuando nosotros éramos
jóvenes, y la lucha era nuestra única manera de demostrar cuánto ego teníamos dentro nuestro – afirmó.
– Veo que no has aprendido nada escudero, la vida hoy es un desastre, ya nadie valora lo que hemos hecho, ya nadie nos recuerda. Todo está mal, todos están mal. Todo debería volver a ser como era antes, la felicidad del mundo se ha ido, y la moral, la gran moral… ya no existe – gritó enojado el guerrero

El también anciano escudero sonrió, se dió media vuelta y solo giró su cara para decir unas breves palabras
– Me temo, mi señor, que es usted el que no ha aprendido nada –

Profesor Alan Spinelli Kralj

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