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El perdón es generosidad

generosidad

Habéis hecho daño a alguien y le pedís disculpas. Eso está muy bien, pero debéis también reparar los daños, y sólo entonces estaréis en paz con él. Decir al que habéis perjudicado: «Lo siento, perdóname…», no basta, y la ley divina os perseguirá hasta que hayáis reparado el mal. Diréis: «¿Y si esta persona a la que he perjudicado me perdona?» No, la cuestión no se resuelve tan fácilmente, porque la ley es una cosa, y la persona otra. Quizá la persona os haya perdonado, pero la ley, en cambio, no os perdona, os persigue hasta que
hayáis reparado.

Evidentemente, el que perdona da pruebas de nobleza, de generosidad, escapa a los rencores, a los tormentos que le habrían mantenido en las regiones inferiores del plano astral. Si Jesús nos pide que perdonemos a nuestros enemigos, es para que logremos liberarnos de los pensamientos y de los sentimientos negativos que nos disgregan. Pero el perdón no resuelve la cuestión: el perdón libera a las víctimas, a aquéllos que han sido maltratados, perjudicados, pero no libera a los culpables, a los que han cometido las faltas. Para liberarse, el culpable debe reparar.

¿Queréis estar vivos, bien vivos? Dadle a vuestra naturaleza superior los medios para triunfar sobre vuestra naturaleza inferior. Desde el punto de vista de la Ciencia iniciática, los pensamientos, los sentimientos y los actos que no están inspirados por la naturaleza superior, que no reciben la impronta del alma y del espíritu, conducen hacia la muerte. Sin embargo, no debéis tratar de aniquilar a vuestra naturaleza inferior. En primer lugar, porque no lo conseguiréis, más bien seréis vosotros los aniquilados, porque no sólo es muy poderosa, sino que forma parte de vosotros. Debéis, pues, tratar solamente de dominarla, de domarla, para poder beneficiaros de su vitalidad y de sus riquezas.

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Es esta misma idea la que está expresada en el Apocalipsis con la imagen del dragón al que somete el Arcángel Mikhaël. El Arcángel no le mata, sólo lo somete. De la misma manera, el discípulo debe someter al dragón de su yo inferior. Comprender el símbolo del dragón ya es debilitarlo. Meditad sobre esta imagen e iréis de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de las limitaciones al infinito, de la esclavitud a la libertad, del caos a la armonía.

¿Quién de vosotros no ha oído decir que la vida es una escuela?… Si hubieseis comprendido verdaderamente lo que esto significa, aceptaríais cada nueva dificultad como una ocasión  para hacer nuevos ejercicios, y diríais: «¡Ah! ¡Tengo otra ocasión para progresar!» Y después de haber superado esta dificultad, os alegraríais como el estudiante que ha aprobado un examen.

Un sabio no puede permanecer indiferente ante los lamentos de aquéllos que vienen a confiarle sus decepciones y sus sufrimientos. Pero se ve obligado a constatar que su mal viene, en primer lugar, de su ignorancia de esta primera verdad: hemos venido a la tierra para estudiar, para ejercitarnos. La mayoría están persuadidos de que sólo están aquí para conocer la facilidad, el confort, las riquezas, el amor de los demás, cómo si todo eso les fuera debido de forma natural. Pues no, todo eso no está en los proyectos de la Inteligencia cósmica. La Inteligencia cósmica quiere que los humanos sean felices, pero ha hecho las cosas de tal manera que sólo podrán encontrar la
felicidad si desarrollan su naturaleza superior. Y la naturaleza superior no se desarrolla en el confort y la facilidad.”

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Omraam Mikhaël Aïvanhov

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