La prisa que nos mata

prisaPor Jossie del Valle

La vida se ha tornado una especie de batalla contra el reloj. Parece lo más normal vivir en  medio de continuas prisas, de tareas urgentes, de apurar cada momento como si se nos estuviera acabando el tiempo, ese constante sentido de premura nos está matando sin darnos cuenta.

Precisamente esa aceleración en el día a día es cómplice de aquellos grandes intereses que intentan ponernos pautas sobre la velocidad en que tenemos que vivir  pues les es sumamente conveniente  que pensemos poco y que no nos cuestionemos por qué. Es sencillo manipular a quien no tiene tiempo para meditar y encontrar respuestas a muchas preguntas.
 
El  tan comentado estrés está directamente  asociado a esa prisa constante que nos agota y parece dominar nuestro diario vivir. Desde que suena el despertador es una carrera contra los minutos, el tráfico, las tareas de trabajo con fecha límite, las metas por cumplir que tienen un día en el calendario. Todo va orientado a  un proceso que en cierta medida nos hace autómatas, y sin percatarnos, nos deshumaniza.

Actos tan cotidianos y básicos como comer no se disfrutan. Imposible pensar que ese alimento nos conecta con el universo, que cada trozo que nos llevamos a la boca es un poco aire, lluvia, tierra sol, y semilla , fruto de la naturaleza, y su sabia cadena alimentaria. Imposible dedicar un rato calmadamente para una buena conversación o  a la lectura sosegada de un libro de temas profundos que alimente el alma y nos reconecte con la espiritualidad o con aquello que pueda elevar nuestra conciencia. Difícil hallar un momento para un rato de meditación, la oración o algo tan sencillo pero indispensable  como es dedicar un tiempo con los seres queridos, jugar con los hijos y compartir con cierta frecuencia  todos juntos en familia, siendo la familia el núcleo básico e indispensable de una sociedad sana y equilibrada.

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Antes de los teléfonos móviles, antes del internet, antes de agendas repletas de tareas excesiva , antes de  los  montones de canales de tv por cable, antes de tanto supuesto progreso, la vida fluía con más sentido, con más coherencia y no se sacrificaba la calidad de los momentos vividos por tergiversar las prioridades.

Precisamente prioridades, quizás habría que replantearse cuáles deben ser las verdaderas prioridades para una vida mejor  y desde ahí darle un giro a muchos planteamientos que posiblemente  evadimos como por ejemplo: ¿soy feliz en este correr diario en medio de esa competencia cronometrada en que he convertido mi existencia puedo encontrar suficiente paz interior?

Debemos reaccionar ante la prisa, rescatar la esencia humana que nos acerque a un nivel de conciencia superior, que podamos buscar en lo esencial, en la naturaleza, en el mar, en la creación de Dios, en una flor, en la belleza de compartir unos con otros serenamente, en dedicar un rato de vez en cuando disfrutar de un amanecer o quizás  a ver un atardecer en el horizonte. Volver a lo básico, a lo que hemos ido olvidando en el camino porque en vez de caminar se nos incita a correr, a competir,  y en el proceso olvidar quiénes somos, a dónde vamos y  qué debe orientar cada paso de los días que nos queden  hacia nuestra evolución espiritual que a fin de cuentas debiera ser la meta pues aquí solo estamos de paso y la escuela de la vida debe vivirse día a día momento a momento  en la medida que sea la adecuada, ni muy lento ni muy de prisa, aprender a manejar el tiempo, los minutos y las horas en la velocidad que mejor nos permita ser mejores seres humanos.

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Sólo así habremos vivido de verdad, combatiendo la prisa que nos mata.

Namasté

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