La presencia incondicional

camino

La co-autora del best-seller “Amarse de ojos abiertos” revela las claves de un abordaje que une -como pocos- las busquedas espirituales a la resolución de conflictos psicológicos.

Hace alrededor de 10 años, buscando en las librerias de Nueva York, encontre un libro de John Welwood y tuve esa sensacion que pocas veces se produce: haber encontrado un autor capaz de ponerle palabras a emociones y pensamientos que ya circulaban dentro de mi.

Apartir de ese momento, empece a buscar la manera de estudiar con el y tiempo despues descubri que estaba dando una formacion para terapeutas en el Omega Institute. Desde entonces viajo por una semana al año para la formacion que el brinda. Nunca olvidaré la primera vez que me encontre allá, entre 50 personas que practicaban distintos abordajes, la mitad de las cuales ya venía tomando este entrenamiento desde hacia varios años. Estaba el presidente de la Asociación Psicoanalítica de Nueva York, terapeutas transpersonales, gente que practica la terapia narrativa… Yo me sentia extrañisima en ese lugar al que acuden muy pocos extranjeros, y donde ninguno de los presentes hablaba español.

A pesar de que estabamos reunidos en un lugar bellísimo, un octógono de vidrio en medio del bosque, al principio fue duro estar allí. La mayoría contaba con sus almohadones de meditación y sus mantitas para abrigarse, mientras que yo no habia llevado nada adecuado como para permanecer sentada meditando, a lo largo de largas sesiones. De todas formas, me acomodé como pude y atendí a lo que John nos explicó acerca de la meditación Shambala, que es la que practicaríamos a lo largo de toda la semana. Esta meditación consiste en estar sentado con la columna recta, observando la exhalación y manteniendo los ojos abiertos.

Con los ojos abiertos?, pensé. No era esa la forma en que yo acostumbraba meditar. Como si hubiera escuchado mi mudo interrogante, John explico que se trataba de “ir para adentro” pero sin perder el contacto con el afuera; Esta es, ademas, la base de la terapia que el propone. Y añadia que a partir de esta propuesta es que no concuerda con tantos grupos de meditacion que tienden a “saltarse” la realidad y buscanentrar en otros estados de conciencia sin haber atravesado los problemas del ego. Subrayo la importancia de no obviar los conflictospsicologicos y los problemas cotidianos: “son la via regia para accedera nuestro verdadero ser”.

Los dos primeros días fueron de pura meditacipensón. Nos sentabamos de 9 a 12 a meditar, parabamos para almorzar y luego nos sentabamos de 14 a 17, interrrumpiamos para cenar y luego nos sentabamos nuevamente, de 19 a 20. Al tercer día, antes de empezar la meditación, John pregunto como nos sentíamos. Esa fue mi oportunidad para estallar. Me quejé diciendo que no había viajado 11 horas en avión, dejado a mi familia y mi trabajo… para estar sentada en un almohadón respirando. “Esto yo lo hago en Buenos Aires…”, exclamé, añadiendo que mi motivación era aprender a trabajar con su técnica de la Presencia Incondicional; sin embargo, ya habian pasado 2 dias y no había aprendido nada.

Estaba realmente furiosa, lamentando haber gastado en un viaje que no me servía “para nada” y que hasta ese momento sólo me había brindado dolores en el cuerpo. Fue entonces cuando John me pidio que pasara al frente, me invitó a sentarme en una silla enfrente de el y simplemente me dijo que me conectara con lo que me estaba pasando. Cuando comencé a hablar de mi furia, dijo: “no la actues, solo observala, dale espacio adentro tuyo” Esto era algo muy nuevo para mí, ya que provengo del campo de la gestalt, donde tendemos a expresar los sentimientos, y resulta que ahora se me pedía que simplemente los observara, sin “sacar para afuera”.

Lo que sucedió entonces es díficil de poner en palabras; simplemente empezé a cambiar mi respiración y me encontré ubicada en un nuevo lugar interno. Desde entonces, cada vez que me conectaba con alguna emoción durante el trabajo, la intervención de John era la misma: “dale un espacio dentro de tí; sin actuar, sin expresar”. El estaba absolutamente presente, y eso me daba confianza para navegar en mi interior hasta lograr algun contacto nuevo conmigo misma.

Asi fue como entendí, mas que nunca, lo que es la presencia del terapeuta; y a eso habia venido yo, a aprender como tener esta actitud con los pacientes. Fui dandome cuenta como John no se “engancha” con ningun argumento; solo le pide a la persona que se quede donde está, dejando que lo que es, sea. Despues de esta experiencia, meditar fue otra cosa: ya no me dolía el cuerpo, ni necesitaba revolverme, inquieta, durante las meditaciones. Y con este nuevo espíritu transcurrió el resto de la semana.

Día a día volvía a comprobar que para mí resultaba una bendición poder aprender con alguien que había profundizado en la busqueda de respuestas para interrogantes que yo me formulaba hacía tiempo. Siempre pensé, por ejemplo, que cualquier probema psicológico es, en última instancia, un conflicto entre la personalidad con la que nos identificamos y nuestra esencia, pero este no es un planteo que muchos comparten en el ámbito de las psicoterapias. Y de eso, precisamente, habla Welwood.

* Ese lugar donde no queremos estar (el sentirnos mal, inadecuados, ridículos, no queridos, no mirados, avergonzados) es el lugar donde nunca aprendimos a estar, porque nadie nos enseñó. Creemos que la única salida es reaccionar (culpar, huir de nosotros mismos). Y porque venimos haciendo lo mismo durante muchos años, hay “lugares” nuestros que han quedado abandonados. Sobre todo, el gran lugar que alberga la desconexión de nuestro ser: allí solo hay un agujero. Y nos contamos historias sobre lo peligroso que es volver a ese lugar; nos imaginamos que hay una gran oscuridad allí, un agujero negro en el que podríamos desaparecer. *

La gran paradoja es: lo que hay en ese lugar es falta de presencia; por eso tenemos que aprender a estar presentes allí. Vamos a curarnos a nosotros mismos en ese lugar. Si podemos estar presentes en ese dolor, en esa tristeza, en esa verguenza…, en ese lugar donde no habiamos permanecido, allí precisamente podremos comenzar a encontrar nuestra base, nuestro asiento, nuestro ser. *

El obstáculos son las historias que nos contamos:”si me meto en mi pena , nunca voy a salir de allí”, “si me entrego a este dolor, voy a quedar atrapado allí”. La realidad es que probablemente en nuestra infancia no tuvimos a nadie que contuviera esos pesares, pero ahora nosotros podemos hacerlo con nosotros mismos, si le perdemos el miedo a nuestras emociones. En la práctica de la presencia incondicional es posible contener cualquier emoción que experimentamos, de una manera tal como nunca fueron contenidas cuando eramos niños. Esto es lo que necesitamos descubrir experiencialmente. * Para la presencia incondicional, tiene que haber una intención deconectarnos con un determinado sentimiento con el que nos sentimos incomodos. Y no escaparnos de el como solemos hacer. Tiene que haber una predisposición a ahondar y ver lo que hay, por ejemplo, por debajo de la tristeza. Y si realmente no queremos meternos alli, el paso siguiente es profundizar en nuestro no querer ver que hay allí. Podemos, y necesitamos, dar espacio interno a “cualquier cosa” que estemos experimentando, sin tratar de “arreglarla” o cambiarla.

La aceptación viene del ser, no es algo que podamos hacer nosotros. Lo que si podemos hacer es abrirnos de lleno a lo que esta allí, para no mantener una barrera entre nosotros y la experiencia. *

Que es el estado de presencia? No es nada”sagrado” en comparación al pasado o al futuro. Tampoco consiste unicamente en estar en el aquí y ahora (lo cual constituye solo un paso en el camino para lograr la presencia). Lo que le da una cualidad distinta al presente es que aquello que es real en mi, solo se manifiesta en el presente. Y esto real es nada menos que mi ser.

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Silvia Salinas

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