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Nosotros pertenecemos a una inmensa familia dispersa

Las doce constelaciones zodiacales son como doce puertas en nuestro universo, el sistema solar. Volvemos a encontrar estas doce puertas en nuestro cuerpo físico: los ojos, las orejas, la boca, las ventanas de la nariz, los senos, el ombligo y las otras dos aberturas más abajo aún, son también puertas. Y del mismo modo que las puertas del zodiaco son un lugar de paso para las influencias cósmicas, las doce puertas de nuestro cuerpo son aberturas para las fuerzas y entidades espirituales.

Para aquel que ha realizado sobre sí mismo un verdadero trabajo de purificación, las puertas de su cuerpo le sirven para entrar en relación con los elementos sutiles y luminosos del espacio. Por eso se dice en la tradición iniciática que hay un ángel junto a cada puerta. Un ángel es una energía pura, y esta energía que atrae las influencias benéficas, transforma también las corrientes negativas que tratan de infiltrarse. Los ángeles vigilan en las puertas de todos aquellos que han trabajado para hacer de su ser el tabernáculo de Dios vivo.

Esforzaos para tomar conciencia de los lazos que os unen, no sólo a los miembros de vuestra familia, sino también a toda la sociedad. ¿Y cuál es la naturaleza de estos lazos? Cada vez que progresáis, las riquezas y las luces que recibís influencian a todas las personas con las que os relacionáis de cerca o de lejos. Debido a nuestro avance, ellas avanzan también. Quizá no se den cuenta, pero ésa es la realidad: progresan por vosotros. Y lo mismo sucede si empezáis a dejaros ir, a ensombreceros: vuestra familia y la sociedad, que están conectadas con vosotros, sufren malas influencias por vuestra causa. De esta manera arrastráis a los seres hacia la luz o hacia las tinieblas. Como podéis ver, vuestra responsabilidad llega lejos.

¿Queréis ser útiles, ayudar a toda la humanidad, incluso a los animales, a las plantas y a las piedras? Esforzaos cada día para que vuestra vida sea más pura, más rica, más luminosa, porque sutilmente, imperceptiblemente, arrastráis toda la creación hacía las alturas y viendo que atraéis bendiciones sobre todos los seres, las entidades del mundo invisible se os acercan para recompensaros.

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El amor está hecho de intercambios. Ahora bien, los intercambios que hacen los seres no consisten únicamente en encontrarse en el plano físico, pueden hacerlos también a distancia, con la palabra, con la mirada, con el pensamiento, sin tocarse, sin ni siquiera verse. Por eso, aunque no hayáis encontrado aún al hombre o la mujer que os inspiren suficientemente para uniros a él o a ella, no es razón suficiente para sentiros solos y privados de amor.

familia humana

El amor es una energía cósmica que circula por todas partes en el universo. Por eso podéis encontrarlo en las piedras, en las plantas, en los animales… y también en el agua, en el aire, en el sol, en las estrellas… Sí, ¿por qué debéis sufrir por no tener a un hombre o a una mujer en vuestros brazos? No es el cuerpo, no es la carne lo que os dará el amor, porque el amor no se encuentra ahí. El amor puede servirse del cuerpo físico como soporte, pero él mismo está en otra parte, está por todas partes: es una luz, un néctar, una ambrosía que llenan el espacio.

Nosotros pertenecemos a una inmensa familia dispersa, no sólo por toda la superficie de la tierra, sino también por los demás planetas y las estrellas. Cada día, el mundo divino envía mensajes a todos los miembros de esta familia. Pero estos mensajes no son como los de los periódicos o los de la propaganda que encontramos en los buzones de cartas que echamos a la papelera después de haberlos leído distraídamente. Debemos leerlos atentamente para que podamos encontrar en ellos indicaciones para la jornada, inspiraciones, alimento.

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Por naturaleza, cada ser humano pertenece a la gran familia universal, pero para formar verdaderamente parte de ella, debe quererlo conscientemente. Lo mismo que en la tierra pertenecéis a una familia porque tenéis un padre y una madre, en el plano espiritual son los poderes del espíritu, vuestro padre, y del alma, vuestra madre, los que os han hecho nacer, y debéis profundizar los lazos que tenéis con ellos para que sigan alimentándoos y formándoos.

Todo lo que existe en la tierra ha existido primero en estado etérico en el sol. Los cuatro elementos se han formado, en efecto, por condensaciones sucesivas. Al principio estaba el fuego. A partir del fuego se formó el aire, a partir del aire se formó el agua, y a partir del agua, la tierra. Sin embargo, el sol es una de las muchas formas del fuego, y es pues en él que se encuentran, en estado sutil, todos los elementos que han formado nuestra tierra y los demás planetas. Estos elementos se condensaron al alejarse de él.

Así pues, todas las sustancias minerales o vegetales que existen en la tierra, ya existen, en estado sutil, etérico, en el sol. Y se trata de encontrar cómo, concentrándonos en el sol, podemos captar en su pureza original todas esas sustancias que necesitamos para nuestro desarrollo físico, psíquico y espiritual. Aquel que las busca únicamente abajo, en el plano físico, sin hacer ningún esfuerzo para elevarse, no gana nada en el plano espiritual. Pero que haga un trabajo con el pensamiento para ir a buscar estos elementos en la fuente y recibirá el alimento de los dioses: la ambrosía.

Autor: Omraam Mikhaël Aïvanhov

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