Hola, soy Laura Foletto.  ¿Te estás distanciando de tu familia y surgen nuevos modelos?

Últimamente, estoy observando un cambio en las relaciones familiares.  Muchos pacientes y conocidos me relatan, bastante extrañados, que ya no se sienten cercanos a sus familias, que se alejan (generalmente sin peleas, aunque a veces existen) y que están más a gusto con amigos o con conocidos recientes, incluso con parejas nuevas que están más acordes con actitudes que están germinando dentro de ellos.

Yo misma he pasado por esto hace tiempo y también sentía una cierta confusión.  Intuía que tenía que ver con el nuevo paradigma que estamos atravesando y no con  desamor o asuntos generacionales.  Tanto los jóvenes como los adultos que han transformado su visión tienen una forma de pensar casi opuesta a lo que la sociedad pregona, pero me parecía que no se trataba de esto sino de algo más importante.

Hasta ahora, hemos basado nuestras familias y consecuentes aprendizajes en el karma.  A lo largo de decenas de encarnaciones, estos lazos han terminado constituyendo una pesada cadena, ya que muchos están fundados en daños mutuos, contratos y obligaciones, que terminan reteniendo la esencia luminosa del alma.

Muchos pensamos (quizás desde niños) que no pertenecemos a nuestras familias o ellas nos acusaron de malos o extraños.  En realidad, vinimos a soltar las cargas kármicas y a reconectar con nuestra misión del Alma.  Es complicado ser pioneros de una nueva forma de evolución, pero es tiempo de asumir la tarea.  Es difícil, porque la lealtad que nos han inculcado y los traumas infantiles que arrastramos nos hace sentir culpables de estas sensaciones cada vez más crecientes y profundas.

La trampa habitual en que caemos es creer que cortar de una vez, llenos de enojo y resentimiento, nos liberará repentinamente.  Tarde o temprano, nos damos cuenta de que debemos reconocer e integrar los aprendizajes producidos, perdonar a nuestros ancestros y libertar la carga kármica.

Esto implica dejar la idealización infantil de considerar a nuestros padres como figuras de poder y dadores universales de lo que necesitamos (que luego proyectamos en otros, como cónyuges, jefes, instituciones, etc.).  Si los podemos ver como personas, con sus virtudes y defectos, es más fácil comenzar a trabajar la sanación y el empoderamiento personal que es imprescindible afrontar.

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